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OTRA VEZ
24 de Febrero, 2006, 20:23
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Se sentó en la cama, sobresaltado. Un sudor frío le bañaba el rostro, resbalaba copioso desde la frente y le empapaba las ropas. La cama revuelta parecía el escenario de una invisible batalla. Era el mismo sueño que se repetía... Llegaba de la calle y encontraba la puerta de su casa abierta, unas veces desvencijada, otras botada simplemente. Temeroso, se aventuraba pasillo adentro presintiendo un encuentro inesperado, mientras revisaba el estado de las habitaciones. Pero era aquella sensación de allanamiento de su intimidad lo que más le perturbaba, mucho más que los desperfectos causados. Era la casa en que había vivido siempre, desde niño y hasta ahora en que, sin familiares cercanos, decidió no abandonar los lugares que llenaron la alegría de sus primeros años. Situada en una zona bulliciosa de la ciudad, en pleno corazón urbano, se transformaba al llegar el fin de semana cuando multitud de jóvenes inundaban la calle en incesante vaivén de locales y copas, de música ruidosa y algarabía jovial, ajena a las necesidades de tranquilidad de los convecinos que la habitaban, obligados forzosamente a aceptar el incómodo tributo de aquella marea humana que les invadía cada semana. Él también fue joven, entonces aprovechaba el tumulto de la muchedumbre para salir y pasear, o para divertirse lejos de allí. Volvía a casa tarde, cuando la fiebre nocturna había cesado y sólo quedaba algún borracho extraviado, incapaz de sostenerse derecho entre sus restos. Quizás aquel entresuelo no fuese el sitio apropiado para un hogar, pero allí comenzaron sus abuelos, vivieron sus padres y sus hermanas y ahora él. Tampoco ayudaba nada la comunidad de vecinos, dividida por los intereses de los locales comerciales ni el que, entre doce vecinos, fuesen incapaces de llegar a un acuerdo para arreglar la cerradura del portal, que siempre permanecía de par en par en tentadora invitación para que la juventud festiva se cobijase en ella al abandono de todo escrúpulo. En varias ocasiones soñó que alguien entraba en su vivienda, podía sentir su respiración entrecortada, se acercaba hasta la puerta y era entonces cuando despertaba. Sí, se repetía el mismo sueño... Una de las veces pudo distinguir los pies del que, al otro lado de la puerta resoplaba amenazante, es por eso que se dio cuenta que se trataba de un sueño y despertó con suavidad, esa vez más relajado. Luego se fue quedando solo, a medida que los años pasaban. La familia que no murió fue marchando a otros lugares, desplazándose a otras ciudades, pero a él no le acompañó demasiado la suerte en lo de mejorar. Sus trabajos duraban poco, lo suficiente para afrontar los meses más inestables que, a la vez, eran los que más pesaban en la balanza. Tampoco en el amor encontró terreno adecuado para el cultivo. Sí, hubo amores y amoríos, pero nada serio, ni familia que vestir ni bocas que mantener. Hubo un tiempo en que viajó, recorrió mundo y conoció gentes, culturas y miserias que contribuyeron a hacerle valorar aún más el pequeño tesoro de su refugio de infancia. Por eso cuando regresó a casa escogió permanecer allí por siempre, ligado así a su conexión primaria de existencia. Era un modo de seguir unido a la vida. Últimamente la pesadilla se venía repitiendo con agobiante insistencia, hasta que cobraba conciencia real de que se trataba del viejo sueño transcurrían unos espaciados momentos donde la incertidumbre luchaba por recobrar el tiempo que, ausente, parecía disfrutar en jugar al escondite y embromarle. A pesar de los años, el choque con la realidad no dejaba de resultar conflictivo. Sin embargo, aquella tarde la realidad mostró la evidencia de su más temible efecto con toda su crudeza... Regresaba del paseo cuando, al llegar a la casa, encontró la puerta echada abajo a fuerza de patadas, en la penumbra del pasillo se distinguían las paredes grises y un fuerte olor a polvo flotaba en el aire. Como tantas otras veces en su sueño, recorrió cada una de las habitaciones despacio, con el alma encogida en un puño, tenso y expectante ante cualquier imprevisto que saltase al paso. Su inquietud aumentó hasta niveles críticos al entrar en su dormitorio, la respiración jadeante de alguien que descansaba en su propio lecho le quitó la voz, quería gritar, pero el terror se lo impedía. En su mente se agolpaban infinidad de pensamientos entrecruzados, pero se sintió impotente para articular palabra... -Arnoldo Práxedes..., ¿es usted? -preguntó el agente sin despegar la vista del documento de identidad. Asintió nervioso, con un gesto afirmativo de cabeza, todavía no repuesto del susto. La sargento de policía se hizo cargo de la situación, aquel hombre acababa de sufrir una experiencia traumática... -Mire, abuelete, ¿no tiene usted familiares? ¿Quiere que le vea un psicólogo?... ¡Bueno, ya pasó todo! Esa misma noche Arnoldo Práxedes volvió a despertarse en su casa, tiritando de temblores, con la sospecha fundada de que su pesadilla amiga le había jugado otra de sus malas pasadas. Arrastró despacio sus pies por el pasillo, pero la puerta estaba allí, cerrada e intacta... -¡Maldita sea, ...otra vez! -exclamó casi con alivio. Mientras preparaba el desayuno sonó el teléfono. -¿Qué tal se encuentra, abuelete? -la voz de la sargento se oía clara, conciliadora. -...¡Ah, sí! -Le he conseguido hora para el psicólogo, ¿qué tal le viene mañana por la tarde? -Ya se me ha pasado, déjelo, gracias. Gracias, ya pasó... En el fondo Arnoldo Práxedes se encontraba a gusto en compañía de su sueño, era muy mayor ya para cambiar.
*”Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón”, (c) Luis Tamargo.-http://sonrelatos.galeon.com/otravez.htm
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Leer a STEPHEN KING
22 de Febrero, 2006, 16:43
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"El 19 de Junio cogí el coche y llevé a mi hijo menor al aeropuerto de Portland, porque tenía que regresar a Nueva York. Después volví a casa, dormí un poco y emprendí el paseo de rigor. Por la noche teníamos previsto ir todos a ver La hija del general a North Conway, que queda cerca; es decir, que tenía el tiempo justo para dar mi paseo antes de la salida familiar. Me parece que salí hacia las cuatro, y justo antes de llegar a la carretera principal (en el oeste de Maine sólo hace falta que tengan raya blanca en el medio para que las llamen principales) me interné un poco en el bosque y oriné. Pasarían dos meses antes de que pudiera echar otra meadita de pie. Al llegar a la carretera asfaltada me puse a caminar hacia el norte por la grava del arcén, con el tráfico en sentido contrario. En un momento dado me adelantó un coche que también iba hacia el norte. Cerca de un kilómetro después, la conductora se fijó en una camioneta de marca Dodge y color azul claro que iba hacia el sur dando bandazos, como si el conductor apenas la dominara. Una vez la camioneta estuvo lejos y ella fuera de peligro, la conductora del primer coche se volvió hacia su acompañante y le dijo: -El que iba a pie era Stephen King. ¡Espero que no lo atropelle la camioneta! El kilómetro y medio de carretera asfaltada de mi paseo es casi todo visibilidad, pero hay un tramo, una subida corta y bastante empinada, donde, si se va caminando hacia el norte, casi no se ve lo que viene por el otro lado. Estando yo a tres cuartos de la subida, Bryan Smith, el dueño y conductor de la camioneta Dodge, llegó a lo alto de la colina. No iba por la calzada, sino por el arcén. El mío. Calculo que tuve como tres cuartos de segundo para darme cuenta, lo justo para pensar: ¡ay, Dios mío, que va a atropellarme un autobús escolar!, y echarme un poco a la izquierda. Luego tengo un corte en la memoria, y al otro lado de ese corte aparezco tumbado en el suelo, mirando la parte trasera de la camioneta, que se ha salido de la carretera.(...) El hecho de que en el momento en que chocaron nuestras vidas no estuviera fijándose en la carretera se debía a que su rottweiler, que viajaba al fondo de la camioneta, había saltado al asiento de atrás, donde había una nevera con un poco de carne. El perro se llamaba Bullet (Bala). (Smith tenía otro rottweiler en casa que se llamaba Pistol.) Viendo que Bullet intentaba abrir la nevera con el hocico, Smith se había vuelto para ahuyentarlo. Mientras el conductor miraba al perro e intentaba apartarle el morro de la nevera, la camioneta había llegado al punto más alto de la loma; en fin, que entre mirada y mirada al perro, entre empujón y empujón, se había producido el atropello. Luego Smith le contó a sus amigos que creía haber chocado con un cervatillo, hasta fijarse en que tenía mis gafas manchadas de sangre en el asiento de delante: habían salido volando cuando intentaba apartarme de la camioneta. Tenían torcida la montura, pero los cristales intactos. Son los que llevo ahora, al escribir. Así ha seguido yendo todo: a mejor. Desde la primera tarde de bochorno en el vestíbulo me han operado la pierna dos veces más. También he sufrido una infección bastante grave, pero ya no llevo el fijador externo y sigo escribiendo.
Escribir no es cuestión de ganar dinero, hacerse famoso, ligar mucho ni hacer amistades. En último término, se trata de enriquecer las vidas de las personas que leen lo que haces, y al mismo tiempo enriquecer la tuya. Es levantarse, recuperarse y superar lo malo. Ser feliz, vaya. Ser feliz. (...)Escribir no es la vida, pero yo creo que puede ser una manera de volver a la vida. Lo averigüé en verano de 1999, cuando estuvo a punto de matarme el conductor de una camioneta azul".
*(Extraído de "Mientras escribo", Stephen King, 2003).- http://entrerenglones.blogspot.com
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COMO LA NIEVE
22 de Febrero, 2006, 8:33
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Amiga, seguí tu huella
viva de alegría blanca.
Brisa y luz, hermanadas,
callan de la piedra
su silencio frío.
Bajo el puente, revolotea
el tiempo. Y entre
los arcos del río, flota
el duende de barro
del gigante dormido.
Limosna de piedra, amiga,
tu sonrisa acechaba.
.
*De "POEMARIO DE RUMBOS", (c) Luis Tamargo.-
http://poemarioderumbos.galeon.com/s25.htm
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NUEVA JAURÍA
17 de Febrero, 2006, 19:42
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Casi al mismo tiempo que se elevaba sobre la loma un destello de plata brilló en los ojos del animal. La luna se hinchó como un globo iluminando cada resquicio dormido del bosque y el lobo se detuvo, deslumbrado por su belleza, dispuesto a ofrendar el ritual de su reconocimiento con un aullido largo y sentido. El enorme disco de luz se agrandó en el cielo inaugurando el reino nuevo para los habitantes del bosque, comenzaba un tiempo al que despertar, que no podían desperdiciar si querían sobrevivir a su regreso. Los más avezados ya se habían ocultado en los refugios preparados de antemano, la ley del bosque imponía así sus implacables reglas, les iba la vida en ello. A su aullido le siguió otro y otro, distintos, surgieron de la espesura, de sus sombras ahuyentadas, ávidos por descubrir el mundo oculto que la noche nunca les mostraba. Curiosos, recelosos, pues ni siquiera los más temerarios dormirían en ese breve espacio crucial. Los más veteranos sabían -sus cicatrices así se lo habían demostrado- que el desafío consistía ahora en vencer al descanso, por eso se cuidaban mucho de mantener su prestigio dentro del grupo, reunían a la manada en torno a las hembras, sólo ellas eran capaces de apaciguar las tentativas agresivas de los jóvenes. Se iniciaba el tiempo de la caza sin tregua, todo lo que conquistasen ahora serviría para ganar la batalla al invierno, no podían dejar escapar ninguna oportunidad, así que organizados en reducidos grupos se alternaban en dar batidas regulares por la zona. Toda pieza cobrada era recibida en la guarida como un premio que ensalzaba al cazador con honores de padre y jefe. Sin embargo él era un macho solitario, erraba por el monte en busca de una familia que no acababa de encontrar, rastreaba cada palmo de hojarasca con el mismo ansia que luego, ante el fracaso, se tornaba en desconsuelo. Además, debía andar alerta para no toparse con aquellas batidas de congéneres que no escatimarían en destrozarle sólo por adornarse de gloria. En alguna ocasión, sobre todo cuando la nieve les robaba el cálido cobijo de la tierra, había descendido al valle, a la aventura de aquellos otros seres a los que todos temían... Desde luego que se trataba siempre de una medida de urgencia, el último recurso antes que sucumbir al terror del hambre. Había contemplado a sus hermanos morir entre horribles estertores por haberse apoderado de lo que semejaban para ellos unas suculentas presas, atrapados también en garras de fiero metal de las que resultaba imposible zafarse. Se había ido quedando solo así, pero había aprendido a observar la muerte, la de su manada y la que le aguardaba si daba un paso en falso. En las noches sucesivas el imperio de la luna fue declinando su fulgor mientras aumentaba con creces la necesidad de llevarse algo a la boca. Se preocupó en esquivar la ruta de los otros depredadores, con las fuerzas mermadas tampoco podía arriesgarse en enfrentar a sus competidores, se conformaba con subsistir al menos hasta que la gran diosa blanca cesara de iluminar la noche, entonces le sería más fácil procurarse alimento aunque fuera en pequeñas cantidades. Descendía del risco cuando se asomó al claro del bosque, al otro lado halló el motivo que atrajo su curiosidad... Una joven loba amamantaba a tres de sus cachorros. Era consciente del peligro que aquella situación implicaba, pero la hembra permanecía indiferente, tumbada, dedicada por entera a los lobeznos. Tal vez lo adivinó, pero en cuanto la loba giró la cabeza de reojo hacia él supo que se había metido en serios problemas... El duro pelaje azabache se erizó en su lomo arqueado. Enseguida distinguió los ojos fieros escondidos en la maleza, en cada hueco de entre los árboles, que espiaban acechantes. De un brusco giro sobre sus cuartos traseros emprendió veloz carrera por donde había venido, no había tiempo que perder. Podía sentir el aliento amenazante de las fauces de sus perseguidores. La huída se prolongó en exceso, sobre todo porque no pudo disminuir el ritmo ni cuando ya dejó de escuchar la jauría tras de sí. Casi agradeció que la diosa blanca hubiese quedado reducida a un fino hilo de luz, estaba exhausto y se había alejado demasiado. Abajo, distinguió algunas de las humaredas que ascendían al cielo y las luces tintineantes de la población, casi podía percibir el calor... Se adentró en las calles con cautela, al amparo de las sombras olfateó puertas y rincones hasta encontrar el establo entreabierto. Con sigilo subió los peldaños que llevaban a la estancia vacía. Allí, olisqueó entre las cazuelas y enseres e, inquieto, se tendió en el suelo, a lo largo, junto al lecho... Los primeros temblores sacudieron todo su cuerpo, intermitentes al principio, luego espasmódicos y continuados, de una brutalidad desgarradora. Sabía que llegaba el momento, que había que pasar por aquello, era inevitable atravesar el trance doloroso... Al crujir de las articulaciones se dilataron los músculos, deformándose, transgrediendo la naturaleza para adaptar su molde caprichoso a un insospechado destino. Todo el cuerpo se contorsionó, la columna se vertebraba y el cráneo ensanchó su capacidad para encajar la mandíbula en su espacio anterior. Luego, el áspero pelaje oscuro se absorbió en cada poro. Era inútil rugir o gritar, imposible articular palabra... La consciencia perdida, por fin emergió de su letargo ancestral y con el alba, poco a poco, despertaba a la forma humana. Los primeros sonidos que oyó fueron las voces de los hombres, procedían de la calle... Afuera había un gran tumulto, alguien había visto la figura de un enorme lobo pulular por el poblado. Uno de los granjeros anunció la desaparición de dos de sus corderos, habían atacado su corral y arengaba al resto para acabar con la bestia. Asomado a la ventana, todavía semiaturdido, contemplaba el ajetreo de la multitud mientras se organizaban en grupos para batir el monte. Uno de los aldeanos miró arriba, parecía reconocerle: -¿Vas a quedarte ahí...? -...¡Déjale, es un raro! -murmuró otro haciéndole desistir mientras ambos se unían a la batida. Desde dentro de la habitación, ahora en silencio, observó partir al grupo de cazadores en dirección al bosque mientras enarbolaban las armas y vociferaban... No, no le gustaría estar en el pellejo de ese animal, pensó.
*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-
http://sonrelatos.galeon.com/lajauria.htm
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CANCIÓN DE LOS AMIGOS
15 de Febrero, 2006, 12:12
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Luna de plata en el mar,
que se rompe
en la costa de vuestro corazón.
¿A dónde se alzó la espuma?
¿Y a dónde alcanzó tu grito?
Mano sobre mano,
tu hombro me confortó.
Mosaico de recuerdos
con azulejos de vida
que, muertos en la arena,
el mar recompuso vivos.
*De "POEMÁGENES", (c) Luis Tamargo.-
http://poemis.fortunecity.es/sonpoemas.html
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EL JARDÍN ENAMORADO
11 de Febrero, 2006, 16:49
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Todos callaban al sentir la señal, cuando la niña se colocaba en el centro del círculo y, con las piernas cruzadas, abría el libro. Esa noche la historia elegida hablaba del amor imposible de dos muchachos pertenecientes a diferente rango social y las curiosas tretas que habían de inventarse para poder ver recompensado su prohibido amor. Observé atento en la penumbra del atardecer a los asistentes que escuchaban embelesados. En un momento de la historia la niña señaló imperceptiblemente, con un leve movimiento de su dedo, a uno de los chicos que, sentado en el corro, atendía. Luego, hizo el mismo gesto dirigiéndose a una muchacha, también sentada en otro extremo del círculo. El muchacho, obediente, se incorporó cauteloso para coger de la mano a la muchacha indicada y ambos desaparecieron entre las sombras frondosas de los arbustos cercanos. La historia siguió avanzando, el argumento ya desgranado dio paso a una descripción minuciosa de los detalles amorosos más íntimos y en el ambiente iba caldeándose una sensación sedante, modulada por el tono cálido y sugerente de la niña que relataba. Pasó página sin perder el tono ni el hilo de la historia y volvió a señalar, esta vez primero a una muchacha y, luego, a otra que igualmente silenciosas desaparecieron hacia el fondo del jardín. Luego, noté cómo no contaba tanto el interés en seguir la trama del relato sino que toda atención se hallaba más bien centrada en a quién señalaría entonces la chica del libro. Ahora le tocó el turno a una joven que se llevó del brazo agarrado al muchacho que estuvo sentado al lado suyo. Mientras atendía el desarrollo de los acontecimientos, algo inquieto por si el próximo turno sería el mío, me di cuenta de que a la luz de las farolas que custodiaban la escalinata a la gran mansión, la sombra de las dos muchachas que anteriormente marcharon se movían fusionadas en una sola, como si ambas estuvieran entregadas a revolcarse sobre la hierba. El ritual, si así podía llamárselo, consistía en obedecer el caprichoso mandato de la muchacha del centro del corro que, con el libro en la mano, impartía tanto el reparto como el orden en que las parejas debían abandonar el grupo. Todos los asistentes sabían a lo que allí se prestaban, por lo que no eran posibles las negativas ni las huídas. Era la primera vez que conseguía acceder al círculo y la tensión iba creciendo por momentos, más tarde o temprano sería mi turno... No me habría importado que la misma muchacha que leía y señalaba a las parejas se hubiera venido conmigo; era bellísima y su voz me erizaba la piel. Pero me tocó a mí primero tender el brazo a otra chica que rápidamente se levantó para agarrarse a mi cintura y, como si conociera el lugar hacia donde dirigirse, me llevó hasta un rincón apartado tras el ancho tallo de un enorme cedro centenario. Allí, el desenlace a la historia fue otro, el que nosotros quisimos darle o, mejor, el que quisimos realizar, pues desnudos en la hierba nuestros cuerpos se bañaban, sudorosos de pasión, bajo el influjo mágico de la luna que lo mismo nos vestía que nos volvía a desnudar con sus reflejos de plata, iridiscentes, como si nuestro rito de amor recibiera su bautismo benéfico de bendición. Las parejas iban regresando al círculo a medida que su particular aventura finalizaba; algunos, incluso, llegaron a repetir turno. Para ser mi primera actuación me daba por satisfecho, pues tuve oportunidad de comprobar en propia carne el efecto gratificante de las habilidades de la chica que me correspondió en suerte, toda una experta en dicha materia. A su vez, la muchacha del libro, con su apariencia y voz de niña cándida, continuó toda la noche leyendo los inagotables pasajes del libro al que tanto cuidado dispensaba y, solo cuando empezaban a despuntar los primeros albores del día, tímido, que se avecinaba, pausadamente, cerró el libro y levantándose se dirigió lenta y con paso calmo hacia la gran mansión. Antes, estableció la próxima cita para dentro de tres semanas y, dando por concluido el ritual, dio una vez la vuelta completa al corro de asistentes; estos, por fin, se retiraron con sigilo, en diferentes direcciones, simulados entre las sombras últimas que la mañana iba difuminando a su paso. Cuando clareó la mañana el jardín resplandecía bajo la azulada palidez del cielo. Ni rastro de la luna ni de los luceros hermosos que durante toda la noche brillaron. Un ligero manto de rocío adornaba el tapiz virgen del suelo, donde se desperezaban, silenciosos, los arbustos, el cedro talloso, las hayas, sauces y el castaño de indias, celosos guardianes que rodeaban la gran mansión de la biblioteca que, solitaria, escondía el bullicioso secreto de sus libros dormidos.
*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-
http://sonrelatos.galeon.com/eljardine.htm
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AVENTURA EN LA SABANA
9 de Febrero, 2006, 16:22
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http://sonrelatos.galeon.com/enlasabana.htm
Sólo a ella podía ocurrírsele semejante locura. No hizo más que posar el pie en el aeropuerto de Nairobi y el fino tacón alto de su sandalia se quebró como la porcelana… A duras penas arrastró su cojera al compás del portamaletas hasta la puerta de salida, pero su sorpresa no había hecho nada más que comenzar… ¿Dónde estaban las aceras allí…?, se preguntó, sin salir de su estupefacta expresión de asombro. El polvo llenaba las calles y, de repente, cayó en la cuenta de que era un visible e indisimulable centro de atención con su piel clara y la cabellera rubia que tanto trabajo le dedicaba y de la que tanto gustaba en alardear al viento. Sí, tenía la impresión de que toda la gente del mundo la miraba, toda la gente de color, pues en aquel lugar sólo ella parecía desentonar. Con una mano sujetaba el asa del equipaje y en la otra, para compensar lo incómodo del desequilibrio, optó por sostener el zapato roto. Un par de hombres se le acercaron, pero no pudo distinguir ni una sola de sus palabras… Aunque se lo advirtieron antes no se imaginaba lo necesario que ahora iba a resultarle el dominio del inglés. Al final de aquella hilera de vehículos empolvados le pareció distinguir la figura de una persona con rasgos europeos; al acercarse comprobó que en efecto se trataba de un blanco maduro, regordete, vestido con traje de safari que, al girarse y reconocerla pareció quedar aún más pasmado que los lugareños… -¿Habla usted inglés, señorita…? -…Sí, no sabe qué alegría me da encontrar a alguien por aquí… Disculpe, pero entiéndame, con quien poder hablar… El hombre echó atrás su sombrero salacot y se rascó la barba en un gesto de incredulidad. -Desde luego que lo que le trae por aquí, señorita, debe de ser urgente, porque… -el hombre siguió con la vista el recorrido del cuerpo de la joven sin acabar la frase. A Judith no le pasó desapercibido que su atuendo no era quizás el más apropiado para aquel viaje -había sido todo tan repentino-, pero disculpó con cierta benevolencia el descaro del barbudo inglés, no tenía otra elección allí. Así, abrió el pequeño bolso de mano de color rosa que llevaba debajo del brazo y revolvió en el interior, dispuesta a hacérselo entender a su desconsiderado interlocutor. Extrajo un pequeño papel arrugado que desdobló y leyó en voz alta ante los atónitos ojos del barbudo gordinflón: -…Richard J. Mulligan, reserva de Al Marai Mara… -¿…Quiere decir que viene desde Europa con estas señas como única dirección, señorita? –el inglés no daba crédito a lo que contemplaba, aunque reaccionó rápido-. Verá, yo sólo puedo llevarla hasta la reserva Mara, pero dejarla allí me da cargo de conciencia y ya voy haciéndome algo mayor para ese tipo de remordimientos… Judith se agarró a sus palabras como a un clavo ardiendo, no tenía otra escapatoria. -Pues trato hecho, le abonaré el importe del trayecto, lo demás corre de mi cuenta y riesgo! -¿Riesgo dice? No lo sabe usted bien, amiga –el barbudo reinició la tarea de reacomodar los equipajes de sus viajeros en los vehículos cuatro por cuatro, donde hizo un hueco para el de Judith. Luego le hizo señas para que tomara asiento antes de que el resto de viajeros se apercibiese de que no pertenecía a la excursión. -No hable una palabra, usted será mi secretaria… -¿Quedan muchos kilómetros hasta ese lugar, oiga? –preguntó Judith a través de la ventanilla abierta, mientras se quitaba las dos sandalias en un gesto de alivio. -Más de doscientos cincuenta, así que póngase lo más cómoda que pueda, haremos pocas paradas… Los tres vehículos todoterreno iban cargados hasta el techo; se trataba de un safari de turistas asiáticos que pronto llegaron en tropel, cada uno provisto de más de una cámara fotográfica. Judith saludó con la cabeza a los primeros que entraron. Luego, adoptó una postura lo más flexible posible para aguantar las tres horas largas que calculó le supondría recorrer casi trescientos kilómetros, aunque pasó por alto el detalle de que aquellas pistas de tierra poco tenían que ver con las carreteras que ella acostumbraba a conocer. A decir verdad el trayecto duró más del doble, lo suficiente para reconocer hasta el arrepentimiento la innumerable cantidad de ese tipo de detalles que había obviado con su imprudencia. Conoció a Richard en un desfile de modelos en Nueva York, hacía un año que se despidieron de aquel breve aunque intenso noviazgo. Él le hablaba siempre de sus cacerías, de su vida en el Africa salvaje; le contaba historias que, al imaginarlas, a ella se le hacían de ensueño; se las repetía en cada carta, enamorándola, animándola a irse con él. Cada vez que leía las letras de sus postales Judith se replanteaba su modo de vida hasta la fecha y durante unos días tomaba cuerpo la duda de si hacía lo correcto, de si estaba prescindiendo de su verdadero amor por la falsa apariencia de su vida cómoda y ordenada entre tantos viajes y hoteles. Tampoco le ayudaba el hecho de que su profesión de modelo apenas le permitía organizar otro asunto que no fuera la agenda de trabajo. Fue su compañera de habitación y amiga íntima, Carol, quien la animó a decidirse a desenmascarar la duda, sólo así despejaría la incertidumbre que la asaltaba. La ocasión se presentó propicia cuando finalizó el Festival de la Moda de Trieste, no disponía de otro momento tan favorable. Carol le acompañó a sacar el billete de avión para Nairobi, casi empujada por la corazonada de su amiga, disponía de nueve días antes de que la semana siguiente comenzase la Pasarela Internacional de Ibiza. Aún resonaba vivo el eco de las palabras de su amiga entre el traqueteo del coche con los baches: -Ahora, niña, o nunca lo vas a saber… Y allí estaba ella, enfundada en su falda de tubo azul turquesa hasta los tobillos, con aquel escote largo que dejaba asomar el esternón y que sólo podía tapar con el plumón de su chaqueta corta plateada; y con un par de zapatos inservibles. Sin duda era lo más cerca que había estado nunca de la locura. Tal vez su amiga tenía razón, no había tenido tiempo de pensarlo dos veces, tal vez no había otro modo de encontrar la paz o el amor… O la locura. Sin embargo, durante el viaje Judith tuvo ocasión de quedarse boquiabierta con el increíble paisaje del Valle del Rift abriéndose a su paso y, de vez en cuando, con la aparición por sorpresa de algunos animales salvajes. Los turistas fotografiaron a las jirafas y chillaron histéricos cuando un grupo de elefantes surgió de entre la maleza. Pudieron contemplar arremolinados en las ventanillas avestruces, impalas, gacelas y antílopes de las más variadas especies, antes de llegar a Narok, donde hicieron una obligada parada. A Judith la confundía el enorme contraste que mostraba la pobreza de aquellas ciudades del interior africano; las gentes cruzaban las calles sin aceras en un desordenado vaivén, nunca había visto tanto polvo… Cuando el inglés regresó para reanudar la marcha, finalizado su turno en los aseos, reparó inquisitivo en el zapato que Judith sostenía en la mano. -No tengo de recambio… Él la pidió el otro y, de un certero golpe, lo rompió dejándolo igualado a la misma altura… -Tenga, ahora podrá andar mejor… La tarde se teñía de la gama más variopinta de rojos y amarillos que Judith jamás contempló. Atardecía en la sabana cuando llegaban a la reserva, así que no había tiempo que malgastar. El inglés optó por montar un campamento fuera de la reserva, allí se quedarían él con Judith y un pequeño número de clientes, amantes de la aventura; al resto les llevó a una de las instalaciones del interior, más preparadas y también más caras. Judith vio marchar a los vehículos sentada junto a la fogata; a su lado, los turistas orientales descansaban ya dentro de la tienda, reponiendo fuerzas para otra jornada fotográfica prometedora. Antes de entrar en su tienda, Judith contempló absorta el enorme sol africano ocultándose entre las copas bajas de los árboles; nunca lo había visto ni tan rojo ni tan grande. Se acostó y cerró la mosquitera, sin tardar en quedarse profundamente dormida. No había comenzado a amanecer cuando los oyó por primera vez: el rugido del león dejaba el rastro largo de su eco colgado en el aire. Judith era consciente de que se hallaba muy despierta, más de lo que ella hubiera deseado y, encogida, contuvo el aliento rezando, a la espera de que aquel trueno salvaje pasara de largo. Le pareció que una sombra rozaba el costado de lona de la tienda y mordió la colcha para aguantar un grito. Un terror ancestral se apoderó de ella al comprobar que el guía no había aparecido en toda la noche; le atenazaba, pero aún así se arrastró semidesnuda hasta la entrada de la tienda y asomó su cabeza por la rendija de tela… Afuera, las dos tiendas y el todoterreno que formaban el campamento base descansaban en el silencio que sólo las fieras invisibles se atrevían a romper. Junto a la fogata apagada distinguió el aljibe de agua que había pasado toda la noche a la intemperie. Se sentía sucia con el sudor del viaje y sacó los arrestos suficientes para, de una carrera rápida, acercarse a recoger el agua y regresar rauda a la tienda. El corazón se le agolpaba en el pecho, no sabía si era la mañana fresca o el rugir atronador de los leones lo que le erizó cada poro de piel, pero se sintió otra una vez que se frotó y roció de agua en aquella especie de baño improvisado. Al asomarse para devolver el aljibe a su sitio le vió por primera vez… La silueta oscura de aquel hombre brillaba, delgado y alto, sobre el horizonte claro del alba que despuntaba; apoyado sobre un pie en una larga lanza, junto a la fogata, parecía escudriñar el aire en busca de señales ocultas para cualquier otro mortal. La perfección de su perfil la hizo sentarse a contemplar con deleite la belleza de aquella efigie humana… En la tienda de al lado se escucharon las voces de los primeros turistas desperezándose y, de pronto, algún fogonazo de luz intermitente despertaba risas incontenibles entre ellos. Casi al tiempo se oyó el ruido del motor de los vehículos; el inglés regresaba y, a juzgar por el dinámico salto con que se apeó del coche, parecía que también con cierta urgencia… Se dirigió directo al guerrero masai, que apenas inmutó su difícil postura en la lanza; intercambiaron algunas frases imposibles de descifrar para Judith. Los orientales ya salían de la tienda con sus pertrechos equipados y el inglés les conminó a dejar bien recogido el campamento para comenzar la expedición cuanto antes. Luego le explicó a Judith que ese momento de la mañana era el más apropiado para avistar animales, pero que al encontrarse fuera de la reserva corrían el riesgo de ser avistados antes por ellos, así que debían de acelerar la puesta en marcha para iniciar el viaje si no querían formar parte de su desayuno. -También pregunté por su amigo en el hotel de la reserva, señorita. Nadie conoce a alguien con ese nombre –prosiguió con el relato antes de que el malestar se apropiara de la indefensa muchacha-. Si como usted señala se trata de un cazador profesional creo que hemos llegado en mala época. Las lluvias comenzaron hace un mes y los ñúes migran hacia las zonas verdes del Serengeti; lo más probable es que su amigo cazador haya marchado hacia allí y que no vuelva hasta dentro de tres o cuatro meses por lo menos… Y lo siento porque no es nuestra dirección. Si lo desea puede venir con nosotros hoy hasta el Ngorongoro, forma parte del trabajo contratado llevar hasta allí a estos curiosos viajeros. Al menos será mejor eso que quedarse aquí sola… Judith asintió desolada, pero no desfalleció y, callada, se dispuso a recoger los utensilios de maquillaje que componían la mitad de su ligero equipaje. A aquel inglés, barbudo y gordinflón, no le faltaba razón; si hubiera estado con ella su amiga Carol le habría animado también a participar y disfrutar del viaje antes que hundirse en lamentaciones inútiles. Cuando todo lo necesario estuvo cargado en el vehículo, Judith tomó asiento junto al conductor, siguiendo su indicación; atrás quedaban los cuatro asiáticos en alegre camaradería. Desde la ventanilla contempló ensimismada la esbelta figura del masai, envuelto en su túnica de un azul añil inmaculado… Al inglés no le pasó desapercibido el interés despertado por el guerrero. -Con un vehículo nos bastará. Masongo cuidará del resto; a la vuelta iremos a visitar el asentamiento donde vive, no anda lejos de aquí. Será el final de otra de mis excursiones contratadas; luego iniciaré una nueva en el Lago Turkana... –explicó para sí a sabiendas de que la chica le escuchaba-. No se crea, no todo es tan idílico como parece. A veces daría cualquier cosa por una buena borrachera de whisky en una calle animada con tráfico y gente, mucha gente y chicas, por supuesto. No es que aquí no se beba, uno tiene sus contactos, ¿sabe?, pero luego sopeso los inconvenientes y, aunque no lo crea, no hay nada que pueda envidiar fuera de esta selva… Creo que a ese amigo que busca le ocurre algo parecido, aunque sea de Brooklyn –el inglés rompió de repente a reír en sonoras carcajadas-. No creo que le encuentre, ¿sabe?, y en todo caso le dará igual. Perdóneme, señorita… El inglés arrancó el coche mientras reía con estrépito de nuevo. Una bandada de aves dispersó el vuelo a su paso; las copas de los árboles eran un hervidero, el sol estaba alto y apretaba ya el calor. La inmensa llanura del Serengeti se abrió ante los ojos de Judith con todo su esplendor. Desde su privilegiado asiento de copiloto admiró la vasta amplitud de terreno que parecía no tener fin, tan sólo unas leves montañas azuladas se distinguían al fondo. Abandonaron la orilla del río Mara para tomar rumbo al sur y no tardaron en aparecer los primeros grupos de animales: búfalos, cebras, gacelas y... -¿Aquello, qué es aquello? –Judith señalaba con el dedo casi chillando de emoción. -Es un topi, sólo los verá por aquí… -el inglés aminoraba la marcha para que los turistas disparasen sus cámaras de fotos sin interrupción. Ellos gritaban nerviosos: -¡Aquí, pare aquí…! ¡Please, please! Se detuvo más adelante a cincuenta metros de un grupo de elefantes que ramoneaban las hojas de los árboles. Uno de los viajeros aseguró haber observado un león a lo lejos, aunque fue una falsa alarma, pero el inglés prefirió ser precavido. Se trataba de una pareja de guepardos agazapados en la sombra a la espera de una presa distraída. -Continuamos. No se bajen, por favor, vamos… Todo lo que el guía le contó durante el trayecto sobre la caldera del Ngorongoro quedó en agua de borrajas comparado con la vívida emoción con que Judith contempló la fastuosidad del paraíso que se tendía ante ella, al borde del cráter… Todo un mundo nuevo, de vegetación virgen, se extendía a sus pies: cebras, ñúes, hienas, chacales, hipopótamos, podían distinguirse desde el mirador. Lamentó en esos instantes no haber traído consigo una cámara fotográfica al igual que sus compañeros de viaje. En el lago central se reflejaba la luz brillante del sol y la sombra tenue de algunas nubes que aún flotaban en la mañana avanzada. También se divisaban desde lo alto algunas hileras de coches, excursiones organizadas que circundaban las rutas del interior del cráter a la búsqueda de una instantánea original o una experiencia única. Sin embargo, Judith rehusó la invitación del inglés; prefirió aguardarles de su descenso al cráter en el hotel del mirador, al menos no se quedaría sola y, aunque estaba logrando convertir en positiva aquella situación, también podía disfrutar de la experiencia sin necesidad de meterse en las mismas fauces del león. El inglés accedió a su deseo, no sin antes haberse asegurado de que quedó allí, sentada en una de las mesas del porche del restaurante con inmejorables vistas a la maravilla de aquel panorama. -Regresaremos después de comer, hay que estar de vuelta en la reserva antes de las seis. Diviértase, señorita, pero no se me pierda, ¿de acuerdo?… Judith le dedicó una sonrisa de agradecimiento que pareció tranquilizarle; le resultó gracioso el inglés, preocupado por ella mientras se alejaba apresurando el paso con su prominente barriga hacia sus anhelantes clientes. La panorámica desde el ventanal era una fiesta de la naturaleza, un estallido de belleza donde el peligro transformaba en mágico cada instante. Extasiada, se deleitó observando el paisaje mientras aguardaba la llegada de algún camarero, necesitaba un café caliente y tal vez pidiese unos sándwiches antes de que regresara su expedición. Una chica de uniforme pasó de largo sin atenderla y decidió acercarse al mostrador ante la tardanza. Se dirigió al hombre que, de espaldas, colocaba unas botellas en la repisa alta… -¡Oiga, por favor!... Judith se tapó la boca con las dos manos cuando el hombre se giró y rescató al vuelo una de las botellas que caía… El hombre también palideció al reconocerla y oir su nombre: -…¡Richard! ¡No es posible, Ricky! -Schsst… ¡Nena, por favor, no grites! ¡Ven, vamos allí! –dijo el joven de rasgos europeos señalando una de las mesas más apartadas. Judith le siguió sin saber cómo sus músculos le respondían; se sentaron al extremo del ventanal. El panorama ahora cedía el protagonismo a la situación que se le presentaba delante y Judith exigía respuestas, demasiadas de repente, sin articular palabra, con tan sólo un gesto de perplejidad. Y él lo adivinó, fue directo al grano… -Verás, nena,… Pero ¿cómo has venido hasta aquí? Nunca habría imaginado que… -¿…Nunca? Pero si en tus cartas me… -Nena, verás, por favor, no te alteres… Estoy casado, Judith, lo siento, perdóname, ya lo sé… -el hombre se esforzaba por calmarle reprimiéndose gestos de consuelo que le impedían tocarla, ni rozarla- Fue hace cinco meses, mi esposa y yo regentamos este restaurante, fue todo tan rápido que no pude… Me resultó imposible decírtelo, nunca pensé que te atrevieras… Lo siento, Judith, por favor… Pero Judith tragó algo más que aire con sus palabras. Había madurado de repente, encajó cada una de las piezas con absoluta entereza, discerniendo entre excusa y disculpa, con esclarecedor dictamen, sin juzgar ni tampoco juzgarse. Algún desconocido resorte se había soltado que ahora era capaz de entender y, sin esfuerzo, desembarazarse de la niña boba por la que la habían tomado a lo largo de su andadura vital, profesional, sentimental, si acaso todo no era uno. Siempre se consideró víctima de su bondad ante quienes daban el paso por ella y se aprovechaban de su inocencia, de su claridad, de esa lucidez que tanto trabajo de limpieza le costaba. Injusto o no, ahora la herida estaba cicatrizada, ya no podían herirla más con el mismo arma y reaccionó natural, sin sorprenderse ni a sí misma, con la solución de su destino, dueña algo, de él por fin. Le escuchó hasta el final, hasta que se agotó de repetir lamentaciones, hasta que suplicó silencio, hasta que quiso desaparecer, hasta que dejó de conocerle, hasta que las lágrimas se mostraron inútiles e insuficientes. Y entonces calló, aceptó de buen grado ese desayuno a las puertas del mediodía que quitaba hierro al asunto y que le reconciliaba consigo misma, con sus antiguos tropiezos. Tal vez los sándwiches la hicieron ajustar otro punto de vista con el estómago ahora lleno, pero estaba segura de sus gestos, de lo que sentía e iba a ser capaz de sentir. Se acabó dejar pasos atrás, inservibles en estaciones abandonadas; así que con pausa y medida en cada una de sus palabras le dejó bien claro que no pasaba nada ni nunca había pasado ni tampoco iba a ocurrir. Sin embargo fue él quien, lejos de apaciguarse ante desorbitado perdón, se inquietó, enajenado de sentimientos confusos, más preocupado por si hacía acto de aparición su esposa que por la absolución de sus faltas amorosas. Le sirvió dos sándwiches entre disculpas y adulaciones, atento, entregado, con una infusión de té de regalo, deshecho en atenciones, mientras explicaba a su mujer en la cocina que la chica se encontraba indispuesta. Fue una despedida de propina. Cuando el inglés apareció moviendo su voluminosa panza, Judith rozaba la dicha; más aún cuando le explicó el inglés que se había hecho tarde, que ellos habían picoteado algún tentempié y que no había tiempo para menús de sobremesa pues a partir de las seis de la tarde estaba prohibido circular por las carreteras de la reserva. Judith le siguió complacida y obediente, sin echar la vista atrás. Al barbudo inglés le resultó extraña la figura de un camarero plantado en mitad de las mesas que les miraba con expresión de pasmarote, pero no tenía tiempo para minucias. El regreso fue rápido por pistas apenas imperceptibles, pero a Judith le dejó el sabor dulce de la aventura exprimida al máximo. Un grupo de buitres revoloteaba los primeros hilos anaranjados de cielo cuando avistaron el río, era el momento en que los hipopótamos se decidían a salir del agua y dejarse ver, aunque sin apenas iluminación para los fotógrafos asiáticos. Casi era media tarde cuando cruzaron los límites de la reserva, los turistas callaban clavados a sus asientos, ávidos por caer rendidos al sueño reparador. Judith participó con entusiasmo en montar las tiendas; los orientales fueron los primeros en desaparecer tras la lona. El inglés explicó que se acercaría al interior de la reserva para tratar los avituallamientos del día siguiente, pero Judith sabía que tampoco volvería esa noche. Se quedó contemplando por unos momentos el cielo rojo de sangre africano, aquella tierra había obrado el milagro, nunca antes se había sentido más viva. Cerró la mosquitera y se arropó hasta la barbilla; quiso entristecerse, pero ya no le quedaban lágrimas. Aquella noche soñó con pájaros rojos que graznaban sobre barcos hundidos en la arena del desierto y con volcanes humeantes que aparecían y desaparecían mientras rugían… Pero lo que le despertó eran rugidos de verdad, roncos y largos; siempre le daba la impresión de que se oían cerca, demasiado. Se sentó a la entrada de la tienda, aún no había amanecido, así que pensó en recoger otra vez el aljibe de agua para refrescarse de mañana, de ese modo luego no tendría que volver a salir. Avanzó a oscuras en dirección a la fogata, el aljibe transparente se distinguía en la noche, pero notó algo más a su alrededor, un fuerte olor que enseguida acertó a concretar… Un león de poblada melena se aproximaba hacia ella, la silueta oscura se movía sinuosa en la oscuridad y Judith se quedó petrificada por el brillo de aquellos ojos inhumanos. Iba a gritar, pero hacía frío y el miedo le agarrotaba cada vez que la fiera avanzaba un paso. Al final gritó con un chillido desgarrador que traspasó la selva para unirse a los otros rugidos en un coro infernal. Se quedó con el grito helado en la garganta y los ojos muy abiertos cuando el guerrero masai se interpuso entre ella y el animal de dos largas zancadas… El león se detuvo, sin duda eran viejos conocidos, o al menos la lanza imponía similar respeto. El masai se movía, también sinuoso, y su lanza danzaba un ritual de muerte que el león enseguida reconoció y eligió evitar; se ladeó para lanzar dos rugidos seguidos que tronaron como tormentas, aunque Judith ya no sentía, hubiera jurado que ni respiraba y, finalmente, retrocedió para salir en discreta huída por la espesura. Entonces toda la vida pendiente de un hilo y contenida en un grito se desbarató libre, repentina, y Judith gimió entre sollozos abrazándose al hombre que le había salvado de un horror seguro. Se aferró a su cuerpo de marfil oscuro entre temblores, agarrotada del terror que aún flotaba sobre ella y, sólo de forma paulatina, fue recobrando la clama. Se apercibió entonces de las cabezas de los orientales que asomaban tras la tienda, entre curiosos y atemorizados, y miró al hombre masai con una plegaria de gratitud dibujada en los labios. Su rostro de cerca era el de una efigie esculpida por el dios de la belleza; él apenas se inmutó y con una sonrisa leve le indicó que le siguiera… Se habría adentrado con él tras las mismas puertas del infierno, pero fue tras sus pasos bordeando la maleza de un camino invisible que sólo él parecía adivinar. No tardó en vislumbrarse el poblado al fondo, cercado por una muralla de estacas y espinos que lo protegían de los peligros que aún seguían rugiendo en la lejanía. Las mujeres ya habían abierto la cerca y el ganado comenzaba a salir, pastoreado por otros hombres que saludaron a Masongo con familiar naturalidad. Se adentraron en el corral y ella le siguió hasta las viviendas, un grupo de chozas hechas de hierba y ramajes. Masongo habló con unas mujeres ocupadas en el ordeño, altas, delgadas, de facciones suaves y finas, como él. No tardó en volver donde ella con un cuenco de calabaza que contenía leche fresca que Judith se aprestó a beber y agradecer. Observó a los muchachos masai de cuerpos largos y esbeltos, envueltos en telas de llamativos tonos rojizos y azulados, que paseaban con sus varas entre los curvos cuernos del ganado. Debajo de una acacia un grupo de mujeres cosía cuentas en pieles curtidas con atractivos dibujos, entre risas; mientras hablaban, animadas, con igual destreza fabricaban gargantillas, collares y pulseras. Le llamó la atención las bellas cintas multicolores que lucían en su cabello y los brazaletes de filamentos de cobre que ceñían en brazos y tobillos. Algunas llevaban unos pesados pendientes que alargaban con exageración sus lóbulos. Los niños jugaban entre las chozas, bulliciosos y alegres, vestidos tan sólo con los collares de cuentas que les rodeaban la cintura. Tan ensimismada estaba en la contemplación de la vida de aquellas gentes que no echó en falta la presencia de Masongo hasta que lo vió entrar de nuevo a través de la cerca de estacas al frente de una pequeña comitiva formada por el inglés y un grupo variado de turistas; los japoneses filmaban cada brizna de la pradera retrasando la marcha del resto. El inglés trató de organizar a sus clientes de forma que aquella velada resultara tanto su agrado como del de sus anfitriones a los que insistió en respetar a toda costa. Luego, se llevó aparte a Judith y se interesó por el incidente con el león de la reciente madrugada. -Masongo me lo contó –le aclaró, aliviado ahora que la tenía enfrente-. Por eso trabajo con hombres así, esto no es un juego. Judith trató de restar importancia al hecho y, con un ademán pasajero de su brazo, quiso decir algo al respecto, pero le hizo callar el sonido de la canción que unos jóvenes masai entonaban dispuestos en círculo al tiempo que imprimían un cadencioso movimiento a sus cuerpos. El inglés sugirió sentarse junto al resto de viajeros para asistir al espectáculo de la danza. El movimiento de los hombres se iba incrementando, acompasado, a medida que el tono de la canción se intensificaba. Ahora, se les unió un coro de mujeres que balanceaban sus enormes collares de cuentas con el rítmico baile de sus cuerpos. Uno a uno, cada guerrero salía al centro del círculo y, dando unos saltos largos, perfectos, parecían retar al cielo. Cuando le llegó el turno Masongo saltó ágil, con elegancia, y Judith se dejó envolver por aquel ambiente festivo; le pareció que aquella demostración de música y color emanaba de las entrañas mismas de la sabana, de un África ancestral que les emparentaba a un origen único y común. Era inevitable que aquel coro de voces y sones armoniosos acabara por fundirse con los latidos del corazón y Judith personificó en los saltos de aquel hermoso guerrero la magia de un dios sagrado. El inglés le explicó que Masongo pasaría a convertirse de joven a adulto en poco más de un año, entonces podría casarse; los masai podían llegar a tener hasta diez esposas. Judith atendía con asombro tanto el vistoso espectáculo como las palabras del guía. -¿Y esos otros? –le preguntó, señalando hacia un pequeño grupo de muchachos con la cara pintada de blanco y envueltos en túnicas negras -… Parecen tristes… El guía inglés aclaró que se trataba de jóvenes varones que acababan de ser circuncidados; desde ese instante abandonaban la infancia para convertirse en guerreros. Las mujeres también eran objeto de idéntico ritual, alrededor de los catorce años; luego, eran dadas como esposas a un guerrero adulto y, a cambio, la familia recibía una considerable cantidad de reses que aumentaba así la riqueza de su rebaño. Los masai eran pastores y el ganado representaba posición y riqueza dentro de la tribu. El cariño que sentían hacia sus vacas se transmitía en las canciones y danzas. En raras ocasiones las sacrificaban, pero cuando lo hacían aprovechaban todo: cuernos, pezuñas, piel… Bebían la leche y también su sangre, aunque esta práctica estaba prohibida. El inglés apuntó que la civilización iba estrechando el cerco cada vez más sobre sus costumbres y que últimamente les resultaba difícil mantener sus tradiciones, hasta el punto de que tenían que acceder a aquel tipo de representaciones para los turistas para poder sobrevivir; cuando algunos masai se veían obligados a marchar a la ciudad las condicones de trabajo era igualmente duras para ellos. En aquella ocasión sacrificarían una res y dos cabras; siempre lo hacían los guerreros, lejos del poblado, no podían asistir las mujeres. Ellas se ocupaban de las tareas domésticas, la cocina, iban a por el agua, cosían, ordeñaban, construían las casas, emplastaban el tejado y paredes con el excremento del ganado. Todas se ocupaban de criar a lo niños en aquello que a Judith se le asemejaba una auténtica comunidad familiar, mientras los hombres pastoreaban o, en otro tiempo no tan lejano, cazaban leones. Aún entre los guerreros más jóvenes que vivían alejados de la aldea, persistía la costumbre de adornarse la cabeza con una gran melena de león que ostentaban con orgullo. Aquel asentamiento estaba formado por dos familias y casi setenta miembros. El inglés prosiguió su animada conversación ante el interés que suscitaba en la chica. -Conozco a Masongo desde hace varios años; ahora aquí, antes en otras aldeas, mañana en otro lugar de esta inmensa pradera… Ellos son nómadas, pero vive equivocado quien crea que no lo es –confesó en un susurro al oído de Judith-. Ambos nos necesitamos… Después de una frugal comida donde degustaron carne de res, de cabra y huevos de gallina, dieron paso a una tranquila sobremesa, tendidos a la sombra de las solitarias acacias. Los ancianos contaban historias, leyendas y hazañas de antiguos guerreros que les vinculaban al espíritu masai y que los niños y, sobre todo, los guerreros jóvenes escuchaban con atención. Por último, el inglés se incorporó y con dos sonoras palmadas anunció el final del programa previsto para aquella jornada; antes de media tarde había que estar en el campamento para los últimos preparativos, había mucho que recoger. A Judith le emocionó la despedida de la aldea entre risas y canciones. No se despegó del lado de Masongo durante el tramo de regreso, aunque tenía la certeza de que aquellas canciones les acompañarían siempre… Aquella fue su última noche, pero durmió mecida en el rumor rugiente de las fieras de la sabana. Esta vez guardó un pequeño aljibe de agua para el aseo dentro de la tienda. Cuando se asomó comprobó que la sombra proyectada sobre la lona era la de un viejo amigo… -…¡Masongo! –susurró, agradecida a su vigía particular. El guerrero masai se aproximó hasta ella y, desatándose un collar de cuentas blancas y rojas que adornaba su cabeza, lo colgó en el cuello de Judith que, emocionada por el gesto, abrazó una vez más al gigante africano en señal de cálida despedida. Amanecía cuando llegaron los dos vehículos restantes de la expedición inicial, pero el campamento ya estaba recogido, según las indicaciones del inglés; acabaron de cargar las tiendas y, por último, dedicaron el consiguiente turno a las despedidas. El inglés sonrió al comprobar que Judith se afanaba por contener las lágrimas, ya sentada dentro del todoterreno y, con un amplio saludo de agradecimiento hacia todos, señaló el fin de la excursión. Ahora había que ponerse en marcha para el regreso, aún restaban unas largas horas de carretera hasta el aeropuerto de Nairobi y la jornada se presentaba calurosa. La caravana de tres automóviles se movió despacio y Judith sólo miró una vez hacia atrás, lo bastante para contemplar por última vez la figura elegante del negro masai recortada sobre el paisaje de la sabana africana. Luego, sosteniendo en su mano el amuleto de cuentas de colores que le había regalado, prosiguió seria durante el resto del trayecto. Apenas prestó atención al paisaje que se sucedía a su paso, integrada ya en él, hecho suyo precisamente ahora que debía de expresarle su adiós. -Lamento no haberla podido ayudar a encontrar a quien vino a buscar, señorita, pero espero que al menos la aventura haya merecido el viaje … -se excusó el inglés mientras descargaban el equipaje en el aeropuerto. -…No, por supuesto que me ha servido de ayuda… -hasta ese instante Judith no cayó en la cuenta de que no sabía su nombre-. No tengo perdón, pero ¿cómo se llama…? -Puedes llamarme Rod, aunque aquí eso no importa mucho, créeme, ya te dije que yo soy todo esto… Judith entendió a la perfección a lo que se refería, una vez que alguien se adentra en aquella tierra se hace uno con ella, muera o sobreviva. En este caso la vida no vuelve a ser como antes, a Judith no sólo se le había enriquecido de experiencia sino que ahora también una magia especial le acompañaba en sus nuevos pasos. Se despidió del inglés con un par de besos y un abrazo cariñoso… -Perdóname, Rod, por no habértelo preguntado antes. Pero en cierto modo creo que encontré más de lo que buscaba, ni podía imaginarme que este mundo existía. Ahora me llevo conmigo un pedacito, aunque también se queda aquí algo mío para siempre… ¡Gracias por todo, amigo! Desde la ventanilla del avión los grupos de animales se iban reduciendo de tamaño a medida que el aparato adquiría más altura, hasta convertirse en puntos minúsculos que acabaron por desaparecer excepto de su mente. Judith se recostó en el asiento y cerró los ojos intentando retener aquella visión en la retina de su alma, era un recuerdo del que no quería desprenderse. Aunque estaba cansada se sentía fuerte, era otra. Aún le quedaba el fin de semana para descansar antes de comenzar el desfile de trabajo del lunes; lo dedicaría a reponer fuerzas y asimilar el cambio. Además, ansiaba el reencuentro con Carol. Cuando repiquetearon con los nudillos en la puerta Judith se despertó. Llevaba un día entero durmiendo en el hotel y la cama de su compañera aún permanecía intacta; ella había llegado primero. Por ello salió rápida a abrir. Era el servicio de habitaciones que iniciaba la jornada y a ella se le había olvidado poner el letrero de “no molesten”… El joven de color que empujaba la bandeja con desayunos pasillo adelante era alto, delgado, de elegante paso, y a Judith le recorrió un escalofrío de arriba abajo que no le impidió gritar … -…¡Masongo! ¡Masongo! El hombre de uniforme se volvió hacia ella, pero enseguida se percató de que no era quien había creído. -Disculpe, no. Gracias, disculpe… -Judith se retiró de nuevo a la habitación, sosteniéndose la cabeza entre las manos en un gesto de reprobación, como si aún fuese una niña pequeña a quien reprender por la travesura de un capricho prohibido. Hoy llegaría Carol, necesitaba hablar con su amiga, tenía tanto que contarle... Le diría que en cierto modo encontró algo, pero nada del otro Ricky, del novio que ella conoció. Quería hablarle de ella, de la Judith que descubrió allí, de aquella tierra maravillosa que tanto le había regalado… Desde su cama, tumbada, contempló las sandalias que descansaban sobre la repisa del armario, unidas por un colorido collar de cuentas, más que un recuerdo: su trofeo de caza...
*Es Una Colección "Son Relatos", (c) Luis Tamargo.-
http://www.gratisweb.com/sonrelatos/ventanasenpdf.pdf
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EL CAZADOR DE CUENTOS
9 de Febrero, 2006, 16:20
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Acostumbraba a guardar todas sus notas por inverosímiles que pudieran parecer. En el envoltorio de papel del bocadillo de tortilla que había cenado la noche pasada escribió las últimas líneas. Apenas dio una cabezada de sueño en toda la noche, dentro de su coche, apostado frente al número once de aquel hostal urbano. Hasta que al fin salió primero él, parándose a la entrada del café contiguo, con las manos en los bolsillos de la americana. Al poco, una muchacha de tez morena y cazadora de cuero se unió a él, enlazándole por el cuello, como si se colgara, parecía besarle la nariz... Era el momento!, disparó media docena de fotos desde la ventanilla, silencioso, a pocos metros de la escena. Misión cumplida! Había merecido la pena el viaje y la incómoda espera, su cliente podría estar satisfecho en cuanto al trabajo. Porque en lo que respecta a su esposa no iba a hacerle ninguna gracia y, sobre todo, a él tampoco ya que sería difícil explicar a qué se dedica el tiempo a media mañana en la habitación de un hostal con una atractiva muchacha y en un día laborable.
Habían contratado sus servicios para vigilar a un jefe regional de una afamada firma multinacional. Tenía que ganarse la vida como detective, aunque su oculta vocación era escribir. Lo había intentado sin éxito, es decir, algunos certámenes literarios, de poesía incluso, pero no daba con el paso a un escalafón más reconocido dentro del gremio de sus anhelos.
Arrancó el vehículo al mismo tiempo que sonaba su teléfono móvil. Era la agente de la editorial con la que contactó la semana anterior. Desde la ventanilla del coche pudo reconocer a través del cristal del Café al jefe comercial y a la exuberante muchacha dispuestos a desayunar. La pareja de tórtolos pareció mirar al paso del vehículo, aunque distraídos en devaneos. La chica de la editorial le dio la alegría del día al confirmarle que habían leído los escritos que envió y que serían publicados bajo el título de “El Cazador de Cuentos”. Era preciso pasase por el despacho para ultimar el contrato. Se sentía feliz, aunque el triunfo para él ya lo era el mero hecho de escribir en sí. Si bien aquel logro no le retiraría del actual trabajo, al menos se lo hacía más soportable.
Por unos instantes extasiado, volvió de nuevo a la realidad, a pensar en aquel caso de su cliente. Sí, lo más curioso es que le había contratado una empresa de fontanería por causa de una deuda pendiente. Quizás significaba algo que el dueño de la fontanería fue un antiguo empleado del jefe de la multinacional, pero en cualquier caso las cuentas pendientes se terminan zanjando... Y con la prueba de aquellas fotos en la mano el caso estaba cerrado.
Durante todo el trayecto de regreso se regocijó. Y repitió el nombre, soñando en cada letra, en el solemne tono que las imprimía... ¡El Cazador de Cuentos!, suspiró.
*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-
http://sonrelatos.galeon.com/cazadorde.htm
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LEER A Carmen Martín Gaite
9 de Febrero, 2006, 16:19
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Murió abrazada a sus cuadernos. Cuando la llevaban al hospital, Carmen no sabía que tenía un cáncer de hígado en estado muy avanzado. Al segundo día de su estancia allí, Ana María, su única hermana, regresó para buscar unos papeles a la casa del pueblo madrileño de El Boalo donde ambas habían pasado los últimos meses. Antes de irse, le preguntó: "Carmen, ¿quieres que te traiga algo?". "Mis cuadernos", le respondió ella. Cuando Ana María volvió, su hermana ya estaba muy mal, pero pudo darse cuenta de que se había cumplido su encargo. Cogió los cuadernos y los estrechó entre sus brazos. Fueron su único equipaje para el último viaje.(...) Al llegar la era informática, las editoriales empezaron a "exigir" a sus autores que entregaran los manuscritos en un disquete. Entonces Carmen compró una de aquelas máquinas digitales a las que siempre llamó las "ordenadoras", porque si eran las sustitutas de las máquinas de escribir, lo más lógico -según ella- era que también heredaran su género gramatical. Pero aquella "ordenadora" nunca traspasó el umbral de la casa de Carmen, no podía profanar aquel santuario de libros y mesas grandes, sino que fue a parar directamente al domicilio de Angelines, su secretaria. Carmen nunca llegó a utilizar la informática para trabajar. "Me sentiría triste si tuviera que escribir directamente ante una pantalla", comentó dos años antes de su muerte. A pesar de que comprendía sus ventajas y sabía que su generalización era imparable, a su edad no le apetecía introducirse en ese complejo mundo de bits y redes. "Siempre ha habido una primera vez -añadió-, en ponerse al teléfono y hablar, o en montarse en un avión. Yo me muevo en el mundo y, claro, evoluciono. No me faltan la curiosidad ni la amplitud de miras; edad de aprender, en cambio, no la tengo ya." Se refería, claro está, al aprendizaje de asuntos técnicos, porque su actitud vital siempre fue muy receptiva a las novedades.(...) Una de las claves del éxito de sus escritos es su carácter testimonial, su capacidad no solo de reflejar el lenguaje cotidiano, sino de capturarlo en sus múltiples variantes y registros. "En una ocasión -cuenta su hermana-, iba yo con Carmen en el autobús, y una señora se dirigió a ella mostrando su sorpresa por encontrarse a una escritora conocida a su lado: -Pero, ¡usted es Carmen Martín Gaite!, ¿no? -Sí -le respondió ella con naturalidad. -¿Y usted viaja en autobús? -Señora, ¿usted me lee? -le preguntó Carmen a su vez. -Sí -le dijo la mujer. -Entonces, cómo quiere usted que todo lo que yo cuento suceda en otra parte que en la calle. Si no tomo este autobús o el metro, no me entero. Si no entro en los cafés o hablo con los camareros, no podría escribir lo que usted ha leído." Otra manera de relacionarse con sus lectores era a través de la correspondencia. Carmen recibía cartas de entusiastas que vibraban con su obra y le expresaban su admiración. Responder agradecida a todas esas cartas era para ella una agradable ocupación que procuraba cumplir con prontitud, aunque le llevara no poco tiempo del que nunca andaba sobrada.
*(Extraído de "Cuando llegan las musas", Raúl Cremades y Angel Esteban, 2002).-
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EN EL DESVÁN
9 de Febrero, 2006, 16:17
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Bien pudo haber dicho que no, pero una mujer excitada es como un huracán al borde del desenfreno, no entiende de razones... Así es que, su rostro como poseído iba obligándole, acaparando su terreno y, sin escapatoria, iba cediendo, rindiéndose a su impulso tan vital. Así se lo pedía. Su sexo se mostró abierto, accesible a la caricia, suave. Su piel tersa, el vello del pubis erizado de desbordada avidez, de ganas contenidas y, ahora, dispuesto a dejarse vencer, enloquecer de placer si fuera preciso. Continuó apretando sus voluptuosas formas con más caricias. El olor bravío de su sexo también le excitaba, húmedo, como un atractivo perfume que embriagaba su ser...
La relación con ella ahora había adquirido un derrotero insospechado y, en cualquier caso, el paso ya estaba dado. Cuando aquella tarde ella vino al desván de La Granja lo hizo con toda la más premeditada intención.
Ella había nacido allí, aún vivía en el rancho con su padre, un viejo granjero cuyas fincas colindaban con su hacienda. Gracias a sus influencias entre las autoridades, había conseguido realizar las estratagemas pertinentes para que la finca del viejo granjero fuera expropiada. Si algo realzaba el valor de aquella finca, aunque inferior en hectáreas a la suya, era el manantial que brotaba allí mismo para desembocar tras kilómetros de largo recorrido en el delta del Tier, un estuario de gran riqueza piscícola y floral, ahora reserva protegida. La importancia estratégica del manantial radicaba en el beneficio para todas las tierras que comunicaban al mar y sobre las que ya había comenzado a mover los hilos precisos para atraer hacia sus posesiones. Su familia también llevaba siglos allí y habían ido creciendo a fuerza de trabajo y, si las circunstancias lo requerían, a cualquier precio y sin importar los medios. Por eso, no le sorprendió el enfurecido arrebato de la muchacha del granjero cuando llegó a su despacho para negociar las condiciones del expolio. Incluso, le hizo sonreir su irrefrenable fiereza, tenía agallas la niñita... En las sucesivas ocasiones que volvió le quedó bien claro a la indómita muchacha que de nada le valdrían ni enfados ni súplicas ni sus exagerados intentos por llevar a buen término el trato. La firmeza en la negativa a negociar no dejaba más alternativas que abandonar la finca en el plazo previsto, sin objeciones. Si el viejo granjero ya no servía apenas para andar y si ella no conocía otro medio para ganarse la vida, desde luego, no era su problema ni podía leerse en la letra pequeña de ningún tipo de pacto.
Al patrón de la hacienda le cansaban más las palabras que las peleas y por eso acostumbraba a descansar con una buena siesta, después de una mañana entera sentado en el despacho atendiendo contrariedades. Le gustaba, siempre lo hacía, tumbarse en el desván, a dormir una cabezadita sobre la hierba empacada, hasta que la llegada del ganado marcaba las tareas de media tarde.
Esa tarde, un caballo galopó como una exhalación entre la nube de polvo que levantaba con su carrera. Al llegar a la Granja, la muchacha saltó con la agilidad de un avezado jinete y a largas zancadas se dirigió directamente hacia el desván del granero. Casi se abalanzó sobre el patrón, si bien antes insinuó sus sugerentes pretensiones utilizando las mejores artes de una mujer joven y atractiva. Al patrón le sorprendió el modo de despertarle, pero lejos de enfurecerse, aún se rió con las más sonoras carcajadas que le provocaban las constantes tentativas de la beligerante e incansable muchacha.
-Te advierto que ni eso te va servir de nada conmigo, nena...
Ella se puso en pie y, con mirada aviesa, lanzó su sombrero al montón de paja. Se fue desvistiendo con calma contenida, recreándose en cada pieza que amontonaba, desordenadas, entre las pacas de hierba seca. Luego, desnuda entera se tumbó sobre él y le ofreció su cuerpo hermoso, tentador... Se dejó explorar por las manos duras del patrón y, dirigiendo ella la acción, le cabalgó de un salto, salvaje y bruscamente, para de nuevo cambiar a otra posición y, sin dar tregua al descanso, volver de nuevo a cambiar a otra siquiera más excitante, sin parar el ritmo frenético de aquel movimiento perpetuo. No bien encontraban el regocijo de su placer en una postura cómoda, de inmediato ampliaban todo el caudal posible del repertorio para dar con una nueva antes no empleada, así hasta que el patrón notó llegar el fin como una explosión inmensa, de tremenda intensidad, que se liberaba a borbotones de aire, como si faltara el resuello suficiente para atrapar de nuevo la vida...
-Vete, muchacha, es inútil... -acertó a balbucear mientras ella se arreglaba las ropas con rapidez.
La condenada criatura marchó al galope, manejando la montura con una maestría admirable para una mujer. Sí, y bien que le había cabalgado la pícara inocentona... Casi adormilado entre la hierba seca, no consiguió esta vez sonreir al evocar su recuerdo. No lograba entender por qué hizo aquello si estaba advertida, si ya sabía que no iba a sacar nada...
*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-
http://sonrelatos.galeon.com/eldesvan.htm
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VECINOS LEJANOS
9 de Febrero, 2006, 16:13
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 Fue una mañana en la playa, durante sus vacaciones, que sintió aquella extraña pulsación en los dedos de la mano. Recordaba con intensidad aquella primera vez, incluso levantó la toalla para observar si debajo se hallaba algo que pudiera haberse movido, pues tal fue la sensación al principio. Era un breve latido, primero intermitente, que causaba la impresión de tener la mano dormida ni siquiera tenía dominio sobre el movimiento. No quiso darlo importancia, pensó que se trataría de algo pasajero, pero luego volvió a repetirse mientras trabajaba en la oficina. Era la mano entera que, tras un fuerte latido continuado, se quedaba flotando, inerte, como si no le perteneciera. Entonces no tuvo más remedio que contárselo a Lucy, no quería preocuparla inútilmente, pero la incómoda sensación parecía ir en aumento y ahora era el antebrazo el que latía vigorosamente dejándole anulada hasta la voluntad, tan sólo podía sentirlo. Por eso fue al médico, siguiendo el consejo de Lucy y también para calmar su creciente preocupación. Pero Lucy tampoco encontraba nada en apariencia anormal, tan sólo le notaba absorto en ocasiones, tal vez demasiado distante. Ella lo achacaba al exceso de trabajo en el nuevo Gabinete de abogados y a aquellos duros y largos casos que en el último año le habían ocupado todo el tiempo y atención. También el médico le dio la razón al estrés y, además, en verano resultaba normal que la tensión arterial descendiese algo más de lo habitual. Sin embargo, sus recomendaciones de beber líquido, cuidar la dieta y de moderado ejercicio no convencieron ni apaciguaron lo que ya se había convertido para él en algo más que una obsesión. Aquel persistente latido ya le alcanzaba todo el brazo, se queda así enajenado durante un tiempo difícil de determinar para él, no eran minutos, pero le parecían horas. Lo peor era por las noches, no podía dormir, se agarraba el brazo, intentaba masajearse el hombro para terminar por aguantárselo como si se tratara de una parte extraña a su cuerpo. No era dolor lo que le transmitía aquella intensa pulsación, le obligaba a permanecer inmóvil, podía sentir y percibir, consciente, pero sin poder decidir o hacer nada. Hasta que un día durante una sesión de trabajo los compañeros notaron que algo raro le sucedía, incluso el letrado tuvo que suspender la vista judicial ante su repentina indisposición. Lo llevaron al hospital y, sin perder el sentido, pudo seguir cada movimiento de los clínicos para analizar y tratar de reaccionar contra aquella anómala parálisis, aunque sin éxito. Le alarmó aún más el gesto de asombro e impotencia de los médicos, ni siquiera reaccionó con aquellas enormes inyecciones que le proporcionaron y, aunque se daba cuenta de todo, le resultaba imposible comunicarse. No sabía decir cuántos días, tal vez semanas, permaneció así ingresado, vigilado, sometido a riguroso tratamiento. El latido para entonces ya era uno con él, le abarcaba el pecho y el otro brazo y, si le hubieran preguntado y hubiera podido responder, habría manifestado que ya no le molestaba tanto, que se había casi acostumbrado... Pero lo que en realidad deseaba era preguntar, porque desde que lo trasladaron al zoológico su vida había dado un giro costoso de asimilar. No sólo por el tipo de comida y la sordidez de las instalaciones sino, sobre todo, por aquellos otros acompañantes que estaban con él dentro de la celda. Seis de ellos eran como él, se notaba en la mirada triste, no hacía falta que hablaran, pero los otros dos eran auténticas bestias que, con agresivos gestos, amenazantes, intimidaban al resto. Suerte que se mantenían apartados del grupo y ayudaban así a no complicar la ya de por sí delicada convivencia, por lo que se cuidaba mucho de no traspasar aquella invisible frontera. Una mañana pudo reconocer entre el público visitante a uno de sus jefes acompañado de una chica joven, ni era su esposa ni la amante, al menos la última que él llegó a conocer. Además, aunque hubiese podido dirigirse a él tampoco el aprecio que le dispensaba le habría animado. Sin embargo, la otra tarde vio a sus antiguos vecinos con sus cuatro hijos, todos niños y todos rubios, de un rubio brillante, de esos que llama la atención. Estaban bastante crecidos, no había vuelto a verles desde que marcharon a vivir a la costa este. No pudo evitar acordarse de Lucy y los mellizos... Uno de los pequeños rubios tiró al padre de la manga, señalándole... -¡El gorila... está llorando, papá! Tras los barrotes el animal les contemplaba con cierto interés, cualquiera diría por sus rasgos que un lejano parentesco les unía... -¡Anda, hijo, vamos...! Déjate de tonterías, mira aquellos otros...
*"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-
http://sonrelatos.galeon.com/vlejanos.htm
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