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    Noviembre del 2005

     

    Leer a JOSÉ SARAMAGO

    Enlace permanente 30 de Noviembre, 2005, 20:45

    20051130210642-ttescriblog002.jpg

      Mientras José Saramago tecleaba como cada tarde frente a la pantalla de su ordenador, de pronto, como por arte de magia, el archivo informático que contenía las más de 80 páginas de la novela que estaba escribiendo, "La caverna", se quedó vacío, sin palabras, en blanco. El escritor portugués, solo ante el peligro y teniendo en cuenta que a sus setenta y siete años le había llegado un poco tarde la revolución digital, intentó recuperar por todos los medios su trabajo de varios meses, porque si alguna orden involuntaria había causado la pérdida de la información, tenían que existir otras instrucciones que pudieran lograr lo contrario. Probó varias posibilidades, pero sin suerte: la maldita máquina le indicaba una y otra vez con cibernético cinismo que estaba al comienzo de la primera y única página de todo el documento. "No puede ser -pensó Saramago mientras unas pequeñas gotas de sudor comenzaban a perlar su frente-, mi novela tiene que estar en algún lugar de este artefacto, no puede haber desaparecido sin más". Aunque, gracias a un siempre conveniente sentido de la preocupación, tenía impresas en papel las páginas que llevaba escritas de "La caverna", la sola idea de tener que volver a mecanografiarlo todo -con la péridda de tiempo que ello suponía- le hacía estremecer de impotencia. Cuando la sudoración ya aparecía abundante por toda su cabeza, el escritor pensó en las tres posibilidades que tenía para tratar de recuperar todos aquellos bits perdidos: la primera, llamar a su mujer, Pilar del Río, para ver si ella podía solucionar el problema; la segunda, avisar al técnico informático que se encarga del mantenimiento de sus máquinas; y la última, hacer de tripas corazón y arriesgarse por sí mismo. Se decidió, quién sabe por qué, por la tercera opción, quizá para acabar cuanto antes con aquella pesadilla, aunque el despertar pudiera ser aún peor. Se lanzó y dio orden al ordenador para salir del programa. "Y como los ordenadores son estúpidos -comenta el propio Saramago- y hacen siempre todo igual, me preguntó si yo confirmaba que quería guardar los cambios realizados. Pensé que el principal cambio había consistido en perder lo que tenía; entonces le indiqué que no. Y automáticamente me restituyó todo el texto." El escritor, al recuperar su creación, dio un hondo suspiro de alivio y pensó: "¡Dichosos ordenadores!". Al día siguiente pudo volver al trabajo como si nada hubiera pasado, y varios meses después, el 25 de agosto de 2000, terminó de escribir "La caverna", que apareció en las librerías en diciembre de ese mismo año.
       A pesar de aquel susto -que, por fortuna, se quedó en una simple anécdota- Saramago no guarda ningún rencor a su ordenador, ni siquiera  a su procesador de textos. Al contario, la informática le parece un magnífico método para trabajar de manera eficaz. Le gusta mucho más que todos los otros medios que ha empleado desde niño para escribir: pluma con tintero, lapicero, bolígrafo y máquina de escribir(...). "Cuando no existía la informática, no había más remedio -comenta Saramago- que meditar muy bien lo que ibas a escribir antes de hacerlo, tenías que pensar las palabras exactas de la frase y luego escribirla. Ahora, con el ordenador, es muy distinto. Cuando se te ocurre algo para decir, no te preocupa si tiene la forma adecuada, simplemente lo escribes y ya está. Porque sabes que luego puedes trabajar sobre esas palabras hasta que la idea quede expresada como tú quieres".(...)
       En definitiva, para Saramgo está muy claro que el ordenador ha supuesto un avance importantísimo para el trabajo de los escritores.


     *(Extraído de "Cuando llegan las musas", de Raúl Cremades y Angel Esteban, 2002).-

    http://entrerenglones.blogspot.com

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    UNA COSA ANODINA

    Enlace permanente 29 de Noviembre, 2005, 8:16

    20051128144034-unacosanblog1.jpg

        Me pareció vislumbrarlo en una de esas veces en que me volví, mientras esperaba. Sí, me estaba mirando... Allí enfrente, erguida, con aquel porte tan distinguido, resultaba elegante, casi atractiva. Me miraba ahora atrevida y desafiante, pero envalentonada, como si su silencio quisiera provocarme... ¿A que no te atreves?
    -Díos mío! -pensé-, voy a volverme loco! Justo lo que me hacía falta ahora, otro lío...
       Pero ella insistía y por encima del hombro echaba reojos que me iban consiguiendo poner más y más inquieto. Cuando cambió al gesto de indiferencia me fijé en ella con detenimiento, era fina, de perfil recto y sobrio, estaba maciza...
    -Díos mío, otra vez! -me asusté al descubrirme pensando en ella, justo cuando de nuevo volvía a girarse hacia mí, esta vez de frente.
       De la sala contigua, por fin, salieron dos hombres trajeados. Uno era el Gerente que apenas diez minutos antes me había entrevistado, el otro un director de Recursos Humanos, según me explicó. Era la primera vez que nos presentaban, pero enseguida supe por el ademán que no habría otra. Sin embargo fue el Gerente larguirucho quien habló...
    -Después de deliberar sobre su expediente, señor, hemos optado por prescindir de sus servicios...
       Seguí escuchando su discurso preelaborado en tono reiterativo y neutro, como el noticiero de las siete de la mañana, pero lo cierto es que ya no atendía sus palabras, casi que adivinaba lo que ya esperaba escuchar. Tan solo me fijé en ella, fría, ausente, con aquella postura distante que ya no dejaba lugar sino a la más anodina indiferencia.
       El Gerente continuó, tedioso, su breve monólogo y me incorporé maquinalmente, mientras sonaban sus últimas palabras...
    -Ahí tiene la puerta...
       Entonces la atravesé, contagiado de aquel descaro con que antes ella me enfrentó y, al pasar a su lado, la miré a sus ojos inertes, de madera vieja. De cerca no parecía tan imponente, pero siempre fui un caballero y, a pesar de la enconada situación, tampoco era el momento idóneo para perder las formas. El Gerente se agarró a su cintura, extenuado por el sermón y, juntos, expectantes, me observaron mientras me alejaba pasillo adelante... Pero ya no miré atrás, estreché el pomo del ascensor al tiempo que con un pícaro guiño susurré...
    -...El placer es mío!
       Al fondo sonó un portazo seco.


    *"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-
    http://sonrelatos.galeon.com/unacosanodina.htm

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    PERO NO MATARÁS

    Enlace permanente 28 de Noviembre, 2005, 11:18

    20051125135706-peronomatarasblog.jpg

        Hacía rato que se habían acabado las gasas, la enfermera le enjugó el sudor de la frente con un pañuelo de papel usado. El médico manipuló el costado del hombre y pidió más sutura…

    - …La última caja, doctor. –apuntó la enfermera.

       Cuando acabó la intervención se volvió hacia ella con tono de eficiencia:

    -Vigila el drenaje y cámbiale el suero…

       Apenas acabó de pronunciar estas palabras cuando un disparo certero hizo añicos el espejo colgado junto al gran ventanal, que también terminó por venirse abajo del todo en mil pedazos. La enfermera corrió de un salto tratando de salvar las dos botellas de suero que reposaban en la vitrina debajo del espejo, pero llegó demasiado tarde. El médico gritó tajante mientras se agachaba:

    -¡Al suelo, no os mováis!

       Una nueva racha de disparos se sucedió, esta vez más continuados. Llevaban cinco largos días sometidos al tortuoso asedio de un francotirador que, sin ningún escrúpulo, mantenía a raya los restos de aquel gabinete médico que fue incapaz de seguir a la población en su huída desesperada ante los tanques invasores. Las tropas enemigas no tardarían en llegar con su demoledor rastro de destrucción y, mientras, el francotirador constituía la avanzadilla que aseguraba el camino abierto con su tarea de limpieza mortal.

       El doctor había conocido otras guerras, pero no establecía distinciones entre ellas; para él todas eran iguales, una oportunidad para demostrar que sólo triunfa la vida. El pasillo de aquel puesto abandonado era una muestra, plagado de enfermos y heridos que reclamaban la atención con sus lamentos. Sin embargo, nada se podía ya demostrar a los cuerpos de quienes no se quejaban, las balas se habían encargado de callarles para siempre.

       El sacerdote del hospital se acercó hasta él a rastras y, desoyendo el gesto de detenerse, continuó aproximándose hasta la entrada de la puerta principal... El silbido de una bala asesina le advirtió de cuál era el límite. Afuera, al otro lado de la calle, una pareja de ancianos acompañada de dos niñas y de un joven muchacho se ocultaban de la lluvia de disparos entre las columnas de los soportales a la espera del momento favorable para cruzar a salvo hasta el puesto médico.

    -Esa pobre gente no puede salir de ahí... -exclamó con impotencia.

       El médico ya los había observado antes a través del sucio y destrozado ventanal, pero bastante tenía con tratar de solventar las heridas de los que llegaban a sus manos con aquella escasez de medios. Sí, a veces creía que se trataba de algún milagro, pero no podía permitirse tregua alguna...

    -Hay que seguir, tráigame al siguiente, señorita...

       La enfermera gateó por el suelo y se incorporó, aprovechando el breve descanso que el francotirador les otorgaba. Regresó al poco con una camilla donde un soldado extendía su pierna engangrenada; antes había chillado de dolor y, aunque ahora desvanecido, la chica consideró apropiado dedicarle a él la última jeringa de anestesia disponible.

       De pronto, el sacerdote lanzó un grito desgarrador llevándose las manos a la cabeza, todavía tumbado en el suelo. El joven del edificio cercano había intentado cruzar la calle cuando un proyectil le alcanzó de lleno... Los niños chillaban histéricos, abrazados a la anciana, mientras el anciano intentaba ocultarles la vista del desagradable aspecto del muchacho muerto, hecho un ovillo sobre el reguero de sangre que brotaba bajo sus pies.

    -...¡Dios! ¡Nunca podrán pasar...! -se lamentó el sacerdote, al tiempo que retrocediendo, se dirigió a las escaleras del pasillo.

       El doctor venía escuchando desde hacía rato los quejidos lastimeros de una mujer que se había puesto de parto. Iba a ocuparse del muchacho de la gangrena en la pierna, pero enseguida comprobó que sufría una hemorragia interna y cambió de planes...

    -¡Traéme a esa mujer, rápido! -exigió con determinación- ...¿Y el sacerdote, dónde anda, le necesito aquí?...

    -Lo ví en las escaleras que suben a la azotea... -acertó a explicar la enfermera reaccionando con rapidez. Acto seguido, la muchacha se concentró a fondo y consiguió calmar a la parturienta, le aseguraba que todo iba a salir bien, que ahora estaban con ella. La mujer siguió cada una de sus indicaciones al pie de la letra, aunque con el miedo clavado en el rostro mientras el doctor la exploraba. No pudo escuchar el resto de sus palabras porque otra repentina ráfaga de disparos se sucedió sin pausa, apretó los ojos y sólo se preocupó de respirar y empujar, respirar y empujar. Nadie podía oírse, el ruido de las balas se elevaba por encima de los gritos que provenían del pasillo y de la calle; uno de los impactos perforó la cabecera metálica de la camilla, pero el médico no tembló al sostener al recién nacido en sus brazos... El niño lloraba con fuerza, con exagerado estruendo ahora que los disparos habían cesado.

       El doctor se giró hacia la puerta cuando la pareja de ancianos cruzaba la entrada con las niñas y, entregando la criatura a su madre, se dirigió al sacerdote que, cabizbajo, descendía de la azotea por las escaleras. Cuando el sacerdote posó el fusil en un rincón lateral del pasillo le preguntó sin poder dar crédito a la escena...

    -¿Pero, ...¿qué ha hecho?

    -¡Que Dios me perdone! -suplicó el sacerdote con el gesto hundido- ...Pero no matarás...

       El doctor comprendió que por fin aquel francotirador no volvería a molestarles, que podrían seguir trabajando por la vida y pasó su brazo sobre los hombros de aquel hombre abatido en un intento por contener el dolor de su contradicción. Todos escucharon el llanto del recién nacido que inundaba la sala, que se extendía por cada rincón de los pasillos de aquel puesto en ruinas y que recorría cada una de las esquinas de las calles de la población con su música de esperanza. Incluso, por un instante, a algunos les pareció reconocer la canción de la vida que había decidido volver. Por fin podían escuchar el latido de su música en los corazones.

     *"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-

                     http://sonrelatos.galeon.com/peronom.htm

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    MARADENTRO

    Enlace permanente 21 de Noviembre, 2005, 16:14

    20051121171340-maradentroblog.jpg

    Canción, sonrisa, amigo…
    Bellas palabras
    en su sentir.
    Son, ola , beso…
    bellas en su sonar.
    Henchida la vela,
    de viento plena,
    mi velero navega, raudo.
    La canción, marinera.
    Y el vello erizado
    por un recuerdo herido.
    Canción, sonrisa, amigo…
    alejándome maradentro…

    *De "COSTA DE MAR HUMANO", (c) Luis Tamargo.-

    http://galeon.com/poemagenes/a18.htm

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    CAPRICHO DEL DESTINO

    Enlace permanente 18 de Noviembre, 2005, 23:25

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       Desde cubierta la costa descubría la belleza de su misterio oculto y, en la orilla, se arremolinaban gentes en inquieto ajetreo, asustados ante la visión de tan magnífico navío, nada igual para ellos contemplado antes. Unos recogían las sencillas canoas con avidez, tal vez temerosos de perderlas, otros corrían a esconderse tras la vegetación frondosa, hombres y mujeres ataviados de colores chillones, empujaban a los niños hacia la espesura, mientras algunos señalaban con gestos de asombro el paso de la nave, impávidos, sin ocultar sus cuerpos desnudos.

       En la popa, un grupo de escoceses comenzó a hacer gestos obscenos mientras vociferaban, entre carcajadas. Los españoles contemplaban el espectáculo que se abría ante sus ojos, les habían prometido riquezas y toda suerte de bienaventuranzas en un nuevo mundo que nada tenía que ver con el paraíso, según iban descubriendo cada día a fuerza de dura lucha. Llevaban varios meses desde que embarcaron en que habían conocido en propia carne el hambre y la enfermedad, la furia de los elementos y la crueldad de los indígenas en claro intento de defenderse de los que consideraban sus invasores. Así y todo, la esperanza de realizar su sueño en una tierra sin explotar donde podrían erigirse en propietarios y construir su proyecto de vida era acicate suficiente para seguir adelante, a pesar de las contrariedades que se iban encontrando. No todo era como se lo habían prometido, costaba avanzar camino cada jornada, pero esa fe les mantenía, además, ya no había vuelta atrás. Aquellos momentos en que podían permitirse divagar con los pormenores de su sueño constituían un remanso y el único consuelo con que afrontar la incierta misión del día siguiente.

    -Dicen que vive con ellos en su tribu, dentro de la selva... -dijo el joven soldado sin quitar la vista de las mujeres que en la playa dudaban entre ocultarse o permanecer.

    -Yo también lo oí en Cuba. Por lo visto se ha convertido en su jefe, va vestido como ellos y habla su idioma -le contestó su compañero, un corpulento extremeño de mandíbula cuadrada-. Creo, además, que tiene un harén entero de nativas vírgenes a su disposición, para elegir a placer...!

       Ese tipo de leyendas era precisamente lo que se extendía rápido y calaba hondo en sus mentes castigadas. No hacía demasiado tiempo sabían del regalo que recibió Cortés de los indígenas, aquellas veinte jóvenes indias que, en un detalle de auténtico estratega militar, cedió a sus principales lugartenientes. Resultaba imposible no desear algo así, aunque si algún día conseguían tener su propia hacienda una de aquellas indias podría ser una buena madre, eran fogosas y trabajadoras.

       Un soldado francés gritó algo ininteligible y todos rieron con estrépito. Eran demasiados días de navegación y los hombres no podían remediar tanta carencia, así que aquel paseo costero era un pequeño desahogo con el que se contentaban antes de entrar de lleno en el fragor de la batalla.

       Lejos de allí, hacia el interior de la selva, los poblados seguían intentando armonizar sus hábitos cotidianos con los rumores del empuje colonizador que, además de inquietarles, alteraba al mismo tiempo las guerras con los otros poblados vecinos. En una de las incursiones que hicieron contra los demonios extranjeros consiguieron hacerse con algunos prisioneros, eran unos expertos en esa estratagema, después los sacrificaban fieles a su costumbre... Aquel castellano contempló entre vómitos de repugnancia cómo uno a uno sus compañeros fueron torturados sin escrúpulos y sus entrañas ofrecidas al viento. Aún hoy no sabía qué es lo que le mantenía vivo entre aquellos salvajes, tal vez fue Dios que así lo quiso o tal vez el capricho de aquella hija del sumo sacerdote que volcaba en él todas sus apetencias sexuales, o quizás se lo debía a su cabello rubio. Lo cierto es que se lo pedía a Dios, rezaba hasta en náthual y, gracias a su facilidad para los idiomas, algo debió de decir que sentenció al menos temporalmente su final inmediato. Habían pasado ya dos años desde que fue capturado, lo anotaba en la corteza de los árboles que circundaban la tribu, cada siete días ponía una cruz, era demasiado tiempo sin porvenir. Pero no lo había desaprovechado, aprendió la lengua que hablaban y se hacía entender, no con todos pues no era bien aceptado por la mayoría, pero las influencias de la joven nativa se hacían notar. Su instinto le obligó a integrarse y, mientras se lo permitieran, adoptó también sus diminutas ropas, mientras entonaba sus cánticos rituales. Adornaba su frente con sus pinturas, que ella, enamorada, se deleitaba en trazar al tiempo que repetía su nombre:

    -Aloonso, Alonso...

       Aquella tarde, sin embargo, un taimado guerrero entró a la cabaña y lo sacó en volandas, aprovechando la ausencia de su amada india. Un grupo de secuaces le acompañaba en jalearle, deseosos de acabar con aquella anómala situación. Casi le tenían tendido sobre la piedra del altar en lo alto de la gran pirámide cuando la hija del sumo sacerdote se abalanzó sobre él, cubriendo su cuerpo para protegerle. El murmullo de las gentes que observaban se apagó cuando el sacerdote les dio la espalda, frente al Chac del Este y se alejó en silencio.

       Esa noche en la cabaña, DosPlumasDeJaguar le amó como tesoro de niña, con pasión de mujer y celo de madre, y se dejó amar... No era la primera vez que ocurría, había sido salvado de aquella muerte atroz que se llevó a sus colegas en varias ocasiones, demasiadas para llamar a aquello vida. Aquella tortura de no saber si otro día llegaría, sin saber cuánto más podría sobrevivir así, a merced del destino, esclavo de un capricho de amor...

     

      

    *"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-  http://leetamargo.galeon.com/caprichodeld.htm

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    Leer a ANGELA VALLVEY

    Enlace permanente 16 de Noviembre, 2005, 16:12

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      La escritora Ángela Vallvey comenzó escribiendo relatos en revistas y publicaciones. Pequeñas narraciones a las que se asoma ahora con la distancia de la narradora que se ha formado y se dedica a las novelas. . Un conjunto de historias con el que recobró aquel pulso del principio de su trayectoria, cuando se acercó a la literatura con más arrojo, valor y ganas que experiencia.
     -Comenzó escribiendo relatos y poesía.
     -El relato es lo que siempre se tienen más a mano. El relato y la poesía es lo que está más cerca de la sensibilidad de las personas que escriben. Es mucho más instintivo a la hora de enfrentarte a la escritura. Luego, cuando ya te decides a hacer una historia más en serio y contar más cosas es cuando pasas a la novela. Lo mejor es comenzar escribiendo cuentos y seguir escribiéndolos después.
     -Ya no se dedica a ellos.
     -Escribiría cuentos si fuera posible en España y si se pudiera, porque la industria editorial, se basa en el éxito de las novelas. Eso mismo ocurre en la poesía. Pero hoy empiezan a surgir editoriales modestas, como Páginas de Espuma, que sí los publica, y que son necesarias, y que tienen su público, aunque no sea mayoritaria.
     -El relato está más arraigado en Iberoamérica y Estados Unidos.
     -En Iberoamérica no hay industria editorial. Es triste, pero es así. Por eso la escritura es tan romántica, y cuesta, y por eso se publican cuentos. En Estados Unidos ocurre, justamente, todo lo contrario: tienen una fuerte industria editorial, y por eso hay hueco para aquellos géneros que no son apuestas económicas. Cuando tenemos una situación normal, como es la nuestra en España, es cuando es más difícil que se editen relatos.
     -¿Cómo se le ocurrirían?
     -La redacción de un cuento es un destello de luz. En eso también se parece a la poesía. Es una luminosisdad que surge en la oscuridad. Y cuando lo escribes no tiene que costar nada hacerlo.
     -¿Y qué es lo necesario?
     -Las unidades que funcionan en la novela no tienen que ser las mismas que en el relato A lo mejor no funcionan o no sin necesarias para él. No tienen las mismas condiciones básicas. Es un pedazo de magia de nosotros. El relato es mucho más versátil. Uno puede leer todo tipo de relatos y pueden ser muy diferentes. Es donde está más próximo la intuición y el talento de un escritor.
     -Es donde se inicia un autor.
     -Es el primer terreno de experimentación. Ahí hay grandes fracasos y grandes éxitos. Hay una sobreabundancia de malos relatos como de mala poesía. Pero hoy, creo, que el relato está muy sano.(...)
     "Yo no tengo ideas para un cuento -comenta-. El relato funciona de una manera más independiente". La escritora recurre a una analogía que, desde luego, beneficia a este género: "Él te encuentra a ti. En eso es como la poesía. La poesía te utiliza como vehículo para contar una historia. En cambio en el caso de las novelas es muy diferente. Las novelas necesitan una arquitectura y unas estructuras más complejas", afirma Vallvey, que menciona a Borges y Monterroso como autores de cuentos: "Su cabeza está adapatada a ellos. El relato es un hallazgo".


       *(Extraído de "La Razón", por J.Ors, 23-VII-2005).-

    http://entrerenglones.blogspot.com

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    FUENTE ROSA

    Enlace permanente 14 de Noviembre, 2005, 19:59

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     -  Cliquea aquí para ver el Vídeo -

    http://poemagenes.blogspot.com

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    ISLA DEL DESEO

    Enlace permanente 12 de Noviembre, 2005, 17:21

    20051112181454-isladeldblog2.jpg

       Aquel no fue un año fácil, casi incluso que llegó a complicarse en exceso. Porque hay momentos en que la vida parece no ponerse de acuerdo y que envía las desgracias sin orden ni concierto o, al menos, eso le pareció a ella dentro del caos operante en que se encontró envuelta. Lo único bueno pertenecía incluso al pasado año recién finalizado, aquel viaje que ganó en un sorteo de radio y que tan a gusto recibió en un principio, también se vio afectado y sería imposible llevarlo a cabo con su novio de siempre a causa de la inevitable ruptura de sus relaciones sentimentales con que el año dio comienzo. Así que, a la vista de tanta contrariedad ofreció a su compañera de trabajo la plaza vacante del susodicho viaje, condición indispensable para hacerlo realidad. Matilde aceptó de buena gana, aunque sin mostrar en un principio exagerado entusiasmo. Yoli era una buena compañera e, incluso, a causa del viaje cabía la posibilidad de que su amistad fructificara del todo.
      Los días de la anterior semana a sus vacaciones pasaron en un soplo entre planes e ilusiones que, sin acabar de establecerse, ya se estaban nuevamente renovando. Ninguna de las dos dejaba nada atrás que les impidiese vislumbrar el horizonte despejado de sus proyectos y, libres del trabajo que antes les atenazaba, por fin llegó el tan ansiado día en que aquel vuelo les llevó hasta la isla de sus proyectos. Ya durante el trayecto que duró casi diez horas, tuvieron ocasión de conversar tocando los más variados temas, desde comentarios personales acerca de algunos cotilleos de moda de la vida cotidiana hasta opiniones más subjetivas aún, relativas a caracteres o sentimientos, incluso mezclando ambos extremos en un batiburrillo de reflexiones que buscaban confrontar modos de ver o pensar y hallar puntos en común que les ayudase a conocerse mejor.
      Yolanda le explicó lo de su noviazgo roto, el carácter desordenado del chico, además de su falta de sana ambición. Ella trabajaba desde los dieciocho años y eso marcaba una diferencia notable en otros aspectos donde la realidad del día a día no permitía deslices. Sin embargo, él en vez de proponerse metas que lograr para hacer efectivo el futuro propio en el que convivir junto a ella, se comportaba como un irresponsable muchacho que parece que siempre va a continuar igual. Yolanda le explicó cómo esa falta de seriedad era lo que más le disgustaba de él, pero Matilde escuchaba distante este tipo de réplicas y reproches en voz alta que su compañera le detallaba, como si no fuera con ella ese talante de abordar los acontecimientos. Para Yolanda fue, de nuevo, tropezar con el obstáculo insalvable que desde que conoció a su amiga se levantó entre ellas, prediciendo un futuro de difícil entendimiento para su amistad. Fue el único tema de conversación donde Mati, como su amiga insistió en que la llamara con confianza, no demostraba afinidad ni criterio alguno, al hablar de la forma de ser o actuar de los hombres. Lo achacó, tal vez, a lo temprano de su relación amistosa, quizás fuera preciso algo más de tiempo para que esa confianza saliera a flote, aunque es raro que entre mujeres eso no se deje notar en el detalle más sutil. Prefirió, no obstante, no darlo excesiva importancia y dejar que las vacaciones discurrieran espontáneamente.
       Nada más llegar al hotel les esperaba la guía del grupo para señalar unas indicaciones generales sobre la estancia en la isla. Luego, subieron a terminar de colocar sus equipajes en la habitación para después salir a cenar al porche en su primera noche de vacación. Durante la cena la conversación se hizo más esporádica, pues el cansancio del viaje se hacía notar y, además, habían tocado por ese día muchos y variados temas. Yolanda se fijó en el grupo de muchachos que habían llegado posterior a ellas y que, en otra mesa, armaban gran algarabía y jolgorio; algunos de ellos no estaban mal y habían dirigido la mirada a su mesa, pero tuvo reparo en hablar al respecto con Mati. Ella había acariciado la idea de renovar su bagaje emocional con la relación divertida de algún chico y no descartaba la posibilidad de un romance que diera impulso nuevo a su recién estrenada vida afectiva o, al menos, a sus vacaciones. Lamentó no encontrar complicidad con Mati hasta ese punto, pero quizás mañana después de haber descansado, los planes y deseos ocultos afloraran sin cortapisas, pues no resultaba fácil desembarazarse de las obligaciones ni de los hábitos que impone la absorbente rutina.
      A la mañana siguiente lució un sol endiablado, imperdonable desperdiciarlo sin tenderse en la playa sin otra preocupación que equilibrar el bronceado y dejarlo bien repartido por cada centímetro de piel de sus castigados cuerpos. Las playas en la isla eran lo suficientemente extensas para que, exceptuando los núcleos de entrada o salida, hubiera amplitud de espacios donde escoger tumbarse con tranquilidad. De cuando en cuando una nativa se acercaba con su cesto de refrescos y chucherías para ofrecer a los turistas. En una de esas ocasiones, a causa del calor, pidieron un refresco a una ellas, una mujer madura de color que, bajo su vestido blanco, aún resaltaba más el tono oscuro de su piel morena. Recogió afable las monedas y se desató el pañuelo blanco que llevaba a la cabeza para volver a atarlo, firme, de nuevo. Entonces, les preguntó si asistirían esa noche a la fiesta del Gallo Dulce y, ante la sorpresa de nuestras preguntas, la mujer les contó que habían llegado a la isla precisamente en la celebración de una de sus fiestas más conmemorativas... Se celebraba cada año coincidiendo con las dos noches más cercanas al plenilunio, siempre que las mareas lo permitían, y tenía lugar en la playa que llamaban del Medioeste, desde el acantilado que separa ambas playas. Era tradición en la isla, continuó explicando la señora de blanco, que en esa primera noche los jóvenes se desnuden y bañen así sus cuerpos en la playa; en la del este las muchachas y en la del medio los muchachos. Luego, a la segunda noche, tanto ellas como ellos irán a escoger su pareja sea en una u otra playa.
       -A veces se encuentran parejas que duran para siempre... -detalló la nativa.
      La señora acabó de relatar la ancestral costumbre de la isla y lamentó que últimamente muchos extranjeros se acercaran a la fiesta solo para fisgonear los cuerpos desnudos, sin ánimo de participar. Finalmente recogió su cesto y abrió mucho los ojos al recomendarles que nadie debería perderse una celebración como aquella, pues sus efectos beneficiosos no tardaban en notarse... “Todo se ve más claro. Suerte!”, dijo al despedirse.
      De vuelta al hotel hicieron planes para participar en esa fiesta de la que no hablaban los pasquines publicitarios, al menos, la noche se ofrecía tentadora. En el vestíbulo se cruzaron con el grupo de chicos que cenó la noche anterior junto a ellas, en el porche del hotel, y con ganas de agradar uno de ellos saludó con efusividad...
       - Se ha dirigido a ti, Mati,...como si te conociera!
       - Trabaja para el Sr. Dylon, de la promotora de nuestra empresa. Es uno de los distribuidores... -Mati lo dijo sin emoción, casi maquinalmente.
      Vaya, parecía que la noche, la fiesta o lo que sea, quizás las vacaciones, iban haciendo entrar en materia hasta a las más reacias... Al menos, su amiga, pensó Yolanda, iba rompiendo los hielos que abotargaban su timidez, se había fijado en el chico, algo fría en el comentario, eso sí, pero al menos algo era algo. Sí, al menos aquella fiesta iba a traer los aires renovados que tanto deseaban.
      Se dirigieron al acantilado que separaba las dos playas cuando la luna estaba redonda y clara presidiendo la playa. Abajo se podían distinguir los grupos de chicos y chicas que despojados de toda vestidura bañaban sus cuerpos en el mar. Se desnudaron, se miraron entre risas y, guardando las ropas en el hueco de una de las rocas, descendieron a la playa para sumarse a la fiesta de las mujeres. La temperatura no podía ser más idónea, incluso dentro del agua; la luna con su halo pleno de luz ayudaba en dar calidez a la noche o, también pudiera ser que fuera aquella bebida de los cestos que las muchachas repartían generosamente a todos los participantes. Lo cierto es que la noche transcurrió entre olas, cánticos y licor, hasta que los cuerpos cansados acabaron retirándose casi al mismo tiempo que lo hacía la luna.
      Yolanda y Mati se propusieron descansar lo que restaba del día para, también esa otra noche, terminar de asistir al festejo completo. Yolanda estaba decidida a disfrutar de aquella noche prometedora y, sonreía en silencio al pensar en su amiga, ya que esa noche se vería obligada a decidirse y actuar. Cuando llegaron a lo alto del acantilado observaron como hombres y mujeres acudían de una a otra playa buscándose, estableciendo parejas previamente elegidas o improvisadas sobre la marcha. Se desvistieron con impaciencia, guardaron las ropas entre las rocas y, cuando se disponían a descender por el acantilado, Mati le agarró de una brazo deteniendo su marcha. Yolanda miró atrás, inquisitiva...
       -¿Qué sucede? Vamos a la fiesta...
      Su amiga la miró con fijeza y, ahora, le sujetó también el otro brazo. Luego, le acarició el cabello, dejando resbalar la caricia de su mano por su rostro con suavidad.
       -No, no puedo... Me gustas tú...
      Las palabras de Mati sonaron como un trueno en la inmensidad de la noche silenciosa, ahora lo explicaban todo, la negativa a mostrar sus sentimientos, su actitud reacia a todo lo referente a los hombres o a razonar la directriz de sus emociones. Sin embargo, el calibre de aquel descubrimiento no le redimía de sus posibles consecuencias. Yolanda se abrazó a ella...
       -Te entiendo, también te quiero, pero no... -musitó, tratando de consolar a su amiga.
      Así, abrazadas y desnudas, permanecieron una junto a otra en la pendiente del acantilado durante toda la noche, ajenas a la fiesta, firmando el sello de una amistad mucho más duradera de la que ninguna hubiera imaginado. No presenciaron el final de la fiesta, cuando le cortan la cabeza al gallo para echarla al mar entre los gritos eufóricos y desorbitados de todas las parejas y asistentes, pero ni eso les importó; ahora se bastaban ellas mismas.
      El resto de los días de sus vacaciones transcurrió rápido, intenso. Ambas se confesaron, examinaron la naturaleza de sus pretensiones con confidencias íntimas, estrechando aún más sus lazos como amigas. De regreso a casa, ambas pudieron constatar el equilibrio milagroso que aquel viaje obró en sus vidas. Algo de cada una, único y exclusivo, se había propagado en la otra, a modo de compensación de lo que carecían. Mati aprendió a valorar el cariño de lo que más puede semejarse a una amistad verdadera, incluso la lección sirvió para encauzar su afectividad, pudo prescindir de la necesidad de contacto sexual con otra mujer y no sentirse indefensa por ello. Para Yolanda la experiencia sufrida vino a reforzar su idea realista de la amistad, le aportó ángulos nuevos e inexplorados de comprensión, quizás algo inusuales o atrevidos para ella, pero no por ello enriquecedores.
      La vuelta al trabajo no suele por costumbre acogerse con especial optimismo, casi hasta ellas mismas se sorprendieron. Pero el viaje de sus vidas ya había realizado un giro decisivo. Mati ascendió en su puesto, pasó a las oficinas de la promotora, quizás influída por su recién iniciado noviazgo con el chico que trabajaba como distribuidor para el Sr. Dylon o, quizás, de acuerdo al carácter mágico del viaje aquel que terminó de unirles para siempre. Sin embargo, para Yolanda no dejó de ser un año difícil... El viaje representó un ligero desahogo dentro de su caótico acontecer, pero incluso pertenecía al año anterior. Quizás para las próximas vacaciones, quizás el año próximo se le cumpliera un deseo.

    *"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-

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    ORO QUE RELUCE

    Enlace permanente 10 de Noviembre, 2005, 7:48

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       Nadie lo habría imaginado, pero a través del ramaje entramado se podía disfrutar de distinta manera. Encontraba un deleite especial en observar a escondidas, no sabía desde cuándo venía haciéndolo, pero ya formaba parte de las ocupaciones habituales de su mundo particular.  Al principio comenzó como un divertimento reservado sólo a los fines de semana, sobre todo al finalizar la jornada de trabajo, le servía de distracción y descarga de las tensiones acumuladas. Luego, lo integró a su rutina cotidiana, siempre que hiciera falta relajar su nivel de preocupación. Para él no había nada malo en ello, no tenía conciencia de causar daño a nadie, sin embargo los momentos pasados rebosaban intensidad y ese regusto permanente de lo prohibido que tanto le atraía. A la caída de la tarde se preparó para la función, extrajo del armario el viejo abrigo arrugado y el sombrero de ala ancha que adquirió en las rebajas de un mercado rural, luego se enfundó la gruesa bufanda de cuadros y salió, cuando ya anochecía, en dirección al Parque de La Madeleine. Era el mejor momento del día, en las calles céntricas en invierno apenas nadie transitaba, a pesar de la temperatura primaveral que predominaba aquel año. En pocos pasos ya estaba dentro de los jardines, amparado en el entorno frondoso de sombras, lejos de las miradas inquisitivas de la gente sólo a él cabía el goce de vigilar desde el anonimato las curiosas excentricidades de sus convecinos. Aquella noche se acercó al lugar donde las prostitutas atendían solícitas su negocio. A veces no podía arriesgarse a ser descubierto y desde cierta distancia escuchaba absorto los jadeos de las parejas en plena acción. Disfrutaba más con espiar sin que los protagonistas lo supieran que con el hecho en sí practicado, además nunca había participado en acto alguno ni trató o habló con nadie ni fue detenido, su reputación era intachable.

       Andaba con precaución, alerta por no toparse con los drogadictos asiduos de la zona, que también pululaban en las inmediaciones del parque. Ya habían acabado los tiempos en que grupos agresivos de jóvenes enmascarados atacaban y agredían a los homosexuales allí reunidos, pero no había que bajar la guardia, en alguna ocasión bandas de salvajes enloquecidos de alcohol habían torturado con crueldad a alguno de los vagabundos que pernoctaban entre los setos. Había aprendido a sortear los peligros, prudente y cauto, en esquivar los problemas consistía la única garantía de no tenerlos. Era el suyo un placer inusitado por sentirse en libertad en medio del riesgo, oculto a los demás, pero presente, sin duda una sensación única que no estaba dispuesto a compartir.

        Con movimientos sinuosos, lentos, se agazapó entre los arbustos, llegaba a la zona limítrofe donde los jardines quedan expuestos a la avenida principal, fluída arteria del centro urbano. Nadie suele pasear por allí a altas horas, sobre todo por miedo a los asaltos que en pasados años se sucedieron. Es el único tramo de todo el parque ajardinado donde uno puede extender el brazo para sustraer el sueño a la ciudad y después ocultarse con el botín robado, impune e invisible. Sin embargo los ademanes gráciles de aquella muchacha, sus pasos descaminados, barruntaban que no podía ser de allí. Sola, distraída, vagaba envuelta en un aire despistado convirtiéndose en un bocado más que apetecible, tentador. Su vestido de flores estampado tampoco concordaba con la época del año, ni siquiera con lo destemplado de la madrugada. Por un instante, la chica vaciló, pareció dudar entre cruzar el semáforo y adentrarse en los jardines o en seguir camino recto por su acera hacia el interior de la ciudad dormida. Fue la primera decisión por la que optó, animada por la escasez de tráfico atravesó la calle y sus pasos ahora se encaminaban dentro del recinto del parque. En cualquier caso a él ya le pareció bastante aquella atrevida osadía, la muchacha necesitaba que alguien le apercibiera del riesgo que corría... Por eso se dejó ver, emergió de un salto tras el tronco del enorme magnolio, en silencio y permaneció así, inmóvil, quieto, callado, con el rostro sumido bajo el ala del sombrero y el mentón hundido en la bufanda a cuadros... Pudo contemplar de cerca las pecas que salpicaban el rostro desprevenido de la chica que, asustada, retrocedió al tiempo que ahogaba un grito con la mano en la garganta. Con la otra mano apretó el bolso contra el pecho y echó a correr en dirección contraria, no miró al cruzar la carretera, pero ya desde enfrente se detuvo a escrutar los detalles de aquel repentino susto de muerte... Debería andarse con cuidado, aquello podría haber ido peor. A medida que se alejaba echaba furtivas miradas de reojo hacia atrás, hacia aquella oscura figura con abrigo cuya silueta se difuminaba en la distancia, entre los arbustos, hasta que terminó por perderlo de vista.

        A la mañana siguiente se arregló con la misma pulcritud con que antes había doblado y guardado la gabardina, el sombrero y la bufanda, ordenados en su cajón correspondiente. Después de un frugal desayuno, ocupó su sitio en la oficina, como de costumbre había que hacer frente a las obligaciones diarias y la noche anterior no había estado exenta de emociones, había tenido al menos el aliciente de la novedad. Desde primeras horas ya se había formado una incipiente fila de clientes a la puerta del banco y él, desde su ventanilla, daba salida a los más madrugadores con la disciplinal corrección que le era característica. Llevaba una veintena de años en aquella entidad bancaria, en su puesto de trabajo ganado por oposición y, aunque rozaba la frontera de la madurez, aún obedecía al impulso espontáneo de los años jóvenes. Para sus jefes resultaba un empleado metódico y eficaz, cumplidor cuando menos, pero entre sus compañeros no se prodigaba en confianzas ni amistosas siquiera, comprensible si acaso debido a la atmósfera de competitividad que lo excusaba. Hacía gala de un sexto sentido calculado que adivinaba el interés clave del cliente y, de este modo, sin dar pie a excesivas concesiones, la fila se aligeraba a ritmo forzado mientras sus superiores suspiraban con alivio. Con la vista fija en los papeles que firmaba sobre la mesa pudo vislumbrar de reojo el vivo color de las flores estampadas del vestido que lucía la chica de la fila...

       Cuando llegó su turno la muchacha explicó que acababa de llegar a la ciudad, quería abrir una libreta de ahorro y creía que aquel era el mejor sitio para su dinero. Ella escuchaba con atención las indicaciones del empleado, se esforzaba en matizar cada pormenor de la letra pequeña y que nunca acabaría de leer por sí misma. Luego, antes de responder a los datos que le pedía, abrió su diminuto bolso de color oro reluciente y se quedó pensativa...

       El tragó saliva, mientras se perdía entre las pecas que moteaban su rostro. Sí, las mujeres tienen un sentido especial para eso... Pero la chica dio por fin con el nombre de la calle donde residía, era todo tan nuevo para ella...

    -¡Ya està! -el empleado del banco selló el documento.

    -...Gracias, es usted muy amable. ¡Buenos días!

       Mientras la chica se alejaba y desaparecía tras la puerta giratoria, le entraron unas ganas irrefrenables de gritar. Un regato de copioso sudor descendía por la espina dorsal de su camisa y, en adelante, ya fue incapaz de ver llegada la ansiada hora final de su jornada. Ahora más que nunca necesitaba otra sesión, otra dosis, sí, una nueva escapada... Sin duda, habría que espaciar las salidas con más equilibrio todavía.

    *"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-

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    TE ENCONTRÉ

    Enlace permanente 7 de Noviembre, 2005, 12:03

    20051107125321-teencontreblog1.jpg

    Sin buscarte, sin hallarte...
    Como si antes, demasiado antes
    ya esperases mi llegada.
    Sabia, tu sonrisa, y tu piel.
    Todo tú. Erizada, en alerta
    de lenta espera... Te encontré!

    *De "POEMÁGENES", (c) Luis Tamargo.-

    http://members.fortunecity.es/poemis/sonpoemas.html

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