Lee POEMÁGENES Blog
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    Septiembre del 2005

     

    Son P O E M Á G E N E S

    Enlace permanente 27 de Septiembre, 2005, 18:05

    Son POEMÁGENES,

    paisajes poemados

    rumbo libre al sueño,

    puerto de poetas.

    Imprescindible,

    Poesía nuestra !

      ©Luis Tamargo.

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    ESTACIÓN POESÍA

    Enlace permanente 26 de Septiembre, 2005, 1:00

    estacionesqblog.jpg

    CON EL OTOÑO


    De vuelta al hogar
    maduró la tarde,
    roja y parda, encendida
    de amores viejos.
    Bendito instante, breve,
    que apila las hojas, juntas,
    antes de despedirse.


    POR EL INVIERNO


    Entre veredas blancas
    que el viento gélido borró,
    sólo las huesudas manos
    del bosque prendieron,
    del alma la memoria,
    para que no se marchitara,
    y del ayer el recuerdo.


    A LA PRIMAVERA


    Transparente la quietud
    Que me permite oleros.
    Sentiros… Florece.
    ¿O acaso, aromas, amigos,
    ya estábais antes ahí?
    La mañana limpia
    se vistió de vida.


    EN EL VERANO


    Blancas y rosas, las azaleas,
    sombrean el banco de piedra.
    El sombrero de paja
    sobre el alféizar, y
    en la puerta el cesto.
    Aroma de narcisos
    perfuman la siesta.


    *De "POEMÁGENES", (c) Luis Tamargo.-
    http://leetamargo.mybesthost.com/poemagenes.html

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    MERECE LA PENA

    Enlace permanente 23 de Septiembre, 2005, 1:00

    merecelap1blog.jpg

    Si algo me gustaba de aquella pensión era la serena tranquilidad del barrio en que se aposentaba. En definitiva, la modesta población de San Lorenzo era de por sí apacible y monótona, casi hasta el aburrimiento. Por eso la escogí como el marco ideal para sentar las bases de mi futura obra y, allí, en la pensión de la calle Doctor Fleming establecí la sede permanente de mi estudio de pintura. Mi propósito consistía en romper las penurias y tópicos que asolan a los artistas, esclavos de una vida sometida a los mandatos últimos de las primeras necesidades, el pan, la ropa, la oficina, el coche... Demasiadas obligaciones acaban por inutilizar el talento y este, como joya atesorada, debe hallar rienda suelta a su expresión sin límites, imposiciones o ataduras que impidan su natural desenvolvimiento. Esto es lo que perseguía, no perder la espontaneidad debería constituirse en la máxima de un artista que se precie. Era un modo de vida y, por tanto, había que protegerlo.
    La luz de la tarde impregnó muchos de los cuadros que durante horas incontables acabé de finalizar allí, en el estudio de la segunda planta. No me habría importado tampoco alquilar el ático de arriba, pues las pinturas se amontonaban, lienzo sobre lienzo, contra las paredes repletas de mi modesto y diminuto apartamento. Además, me frenó el hecho a considerar de obligarme a pagar un alquiler más, lo que me llevaría ineludiblemente a la rueda trepidante de la que me empeñaba en huir. Por eso, aquella mañana me sobresaltaron los ruidos provenientes del apartamento superior, hasta entonces desocupado. La tranquilidad que disfruté en solitario hasta aquel momento pareció anunciar su irremediable final con aquel taconeo repetido de unos zapatos que caminaban arriba, de un lado para otro, ahora arrastrando algún objeto pesado o bien golpeando el suelo del piso con un caer estrepitoso y descuidado.
    La señora de la pensión me explicó sin entrar en demasiado detalle, al escuchar mi esperada pregunta, que había alquilado la buhardilla a una mujer recién llegada, no se acordaba de dónde si es que se lo había dicho. Y rápidamente, como si temiera un bombardeo de preguntas en exceso curiosas, desapareció por una de las puertas del enorme pasillo que cruzaba de lado a lado la planta baja, destinada en su totalidad a la vivienda de los propietarios del negocio.
    Cuando subí a mi habitación pude observar a través del hueco en el rellano de la escalera que su puerta estaba abierta. Una claridad inmensa irradiaba desde adentro, quizás el balcón también estuviera de par en par ventilando la habitación hasta ahora deshabitada. Me descubrí curioso, casi que impertinente, intentando inconscientemente crear excusas para averiguar quién y con qué se ocupaba la morada que descansaba encima mío. Esa tarde me costó trabajo concentrarme para proseguir con la marcha de mis pinturas iniciadas. Escuché un fuerte portazo de arriba, tal vez causado por una corriente de aire desprevenida y me pareció una disculpa aceptable para salir afuera a entablar una posible conversación. Nadie en el rellano y la puerta, de nuevo, volvía a permanecer abierta... Decidido a inventar cualquier pretexto subí escaleras al ático hasta llegar ante la puerta. Nadie adentro, sin embargo se podían contemplar los muebles y adornos y busqué los detalles capaces de hablarme sobre la naturaleza de la persona que allí vivía. Escuché ruido de agua en la otra habitación, posiblemente se encontraba en el baño. En efecto, me asustó cuando de súbito hizo acto de aparición, únicamente cubierta con una camiseta corta y una braguita blanca y fina, tanto que ocultaba solamente lo preciso. Se apercibió de mi presencia cuando se disponía a ordenar el equipaje de sus maletas extendidas sobre el sofá y, sin terminar de volverse hacia mí, me indicó en voz alta que la puerta estaba abierta, invitándome a traspasar el umbral. Pude comprobar que sostenía un cigarrillo entre los labios.
    -Solo quería presentarme, escuché ruidos y... Soy el vecino de abajo.
    -No molesta, no se preocupe. Adelante! -su tono no denotaba la amabilidad que se dice por cumplir, pero preferí pecar de prudente y posponer la visita.
    -Cuando acabe de instalarse, tranquila, gracias... Ah! Y bienvenida!
    A la tarde siguiente coincidimos en el rellano, ella regresaba de fuera, elegante, bien arreglada y, rápidamente, se aprestó en acabar la presentación de la otra tarde. Me ofreció subir al ático y me puse cómodo en el sofá mientras ella entraba al baño. Observé el ambiente acogedor de la sala frente al amplio ventanal que daba a los campos y jardines que preceden al bosque de San Lorenzo.
    Escuché que me hablaba desde el baño, se quejaba del día tan intenso que había soportado. También, ensalzó la belleza de los bosques de San Lorenzo y las bondades de los pequeños pueblos que, en su natural humildad, esconden el secreto de la serena tranquilidad y del saber vivir, algo de lo que se han olvidado en las ciudades. Salió envuelta en una toalla y con el cabello mojado recogido en otra, a modo de turbante. Una mascarilla de intenso verde pistacho le cubría los párpados y seguía explicándose, mientras se frotaba los brazos con una crema incolora que desprendía un aroma fresco y penetrante. Se interesó por mí, de dónde era, a qué me dedicaba y se sorprendió con admiración al enterarse de que era pintor, sí, de lienzo y pincel fino, sí, sí, un artista. Entonces me habló de su trabajo, de su penosa labor de modelo publicitario y, a decir verdad, no me habría extrañado reconocer su rostro de entre algunas de las revistas de moda.
    Su estancia en San Lorenzo se debía a un reportaje filmado en el entorno del bosque y de sus afamados jardines, que constituían el marco apropiado para aquel cortometraje de una nueva colonia, una innovadora fragancia para el mercado cosmético. El día anterior fue pesado y repetitivo, hubo que volver a filmar las mismas tomas hasta encontrar el efecto de luz apropiado o, mejor, la lente capaz de reflejarla con fidelidad. El fotógrafo acabó por poner nerviosas a las modelos con sus exigencias y hoy igualmente, las tomas se sucedieron compulsivamente, sin apenas descanso. Mañana sería otra dura jornada, pero disponía de todo el fin de semana para recuperarse y descansar. Se había propuesto no caer en la vorágine del ambiente que rodeaba al trabajo y por eso escogió aquella población cercana a los bosques y aquella modesta pensión, alejada de las compañeras y de los equipos de filmación, sí, merecía la pena.
    Con ánimo de corresponder a su sincera claridad, le manifesté mi interés por su atractiva profesión, viajando, conociendo lugares nuevos a menudo de alto postín y disfrutando de personajes y ambientes selectos. Había vuelto a salir del baño luciendo un ajustado corpiño de flores que dejaba al descubierto el redondeado ombligo de su vientre moreno y liso, por encima de su braguita blanca y tan estrecha. Se estaba peinando su rubia melena cuando de pronto paró el movimiento del cepillo e, inmóvil en el centro de la habitación con los brazos caídos al suelo, parecía prestar atención a quién sabe qué mandato divino. Se le ocurrió de repente aquella idea, la de posar para mí, casi con fijación obsesiva, la de que tenía que pintarla, sí, se propuso llevarse de aquel lugar su retrato.
    Acepté la idea instintivamente, no pensé en compromiso alguno pues es mi costumbre cotidiana andar entre colores y paletas y, por eso, sé apreciar el valor de un modelo espontáneo que se preste. Al marchar, quedamos en concretar el proyecto en ese fin de semana y, cuando quise cerrar la puerta, ella se interpuso y me susurró al oído que una puerta entreabierta es la mejor de las cerraduras y que siempre la encontraría así... Bajé los escalones, pero solo escuchaba la zozobra de mis latidos agolpados dentro del pecho. Sin embargo, esa noche dormí plácido y descansado como hacía tiempo que no lo recordaba.
    A la noche siguiente sentí sus pasos subir hacia el ático muy de madrugada, sin duda, debió de tener otra dura jornada de trabajo o quizás de fiesta. Ya por la tarde me asomé a su puerta... El ruido de la ducha cesó y su cabeza enmarañada apareció tras la puerta del baño.
    -Pasa, pónte cómodo... Pero antes trae tus bártulos, artista, empezamos ahora...
    Sin rechistar, obediente, subí aquel juego de pinceles nuevo que guardaba para no sé qué sesión especial, también los lienzos de bastidor y el caballete de campo que para aquella ocasión me serviría que ni pintado. La luz que entraba por el ventanal de la sala creaba la atmósfera idónea y, rápido, dispuse todos los elementos y material necesario para convertir la habitación en un improvisado estudio. Ella atendía mis indicaciones, envuelta en su media toalla y con su inseparable braguita, tan diminuta y estrecha. Le expliqué el modo de tenderse en el suelo, la posición de las piernas entrecruzadas, de las manos posadas y expresivas, el ángulo del rostro y la leve torsión del cuello con la cabeza inclinada para que el escorzo lograra reflejar toda la delicadeza sensual de aquel bello cuerpo, sugerente. Una belleza que me impresionó y a la que, con el aliento contenido, procuré sobreponerme para que los primeros trazos delimitasen el marco de lo que sería el próximo escenario. También me preocupé de realizar descansos, no deseaba resultar igual de molesto que los fotógrafos con los que había trabajado. Ella lo agradeció, se sentía cómoda, sonreía y, de un golpe, se desembarazó de la toalla y su braguita...
    -Así mejor... -musitó al tiempo que su mirada esbozaba una sonrisa picarona.
    -Podemos continuar mañana, no es necesario agotarse ni acabar hoy... -intenté disculpar.
    Pero ella se puso en pie y vino hacia mí...
    -No, pónte cómodo tú también!
    Tiró de las mangas de mi jersey y me lo quitó. Luego sentí sus pechos pegados a la piel de mi torso, sus pezones me acariciaban con suavidad de terciopelo y con su boca besaba mi hombro y me mordisqueaba el cuello. Posé los pinceles, sin poder evitar que alguno cayera. Sabía lo que iba a suceder casi como si lo hubiera imaginado, como si lo hubiera pintado. Los dos cuerpos desnudos rodaron sobre el suelo alfombrado, abrazados en una sola caricia, fundidos en un gemir de pequeñas pasiones encendidas que aumentaban en intensidad, ansiosas ya por desbordarse o ya por encumbrarse a otra cima más alta de placer. Así, hicimos el amor entregándonos por entero, hasta que el sueño nos acogió bajo su reinado nocturno. Desperté a medianoche, al lado de su cuerpo caliente y desnudo, juntos bajo el edredón, sin querer despertar nunca de aquel sueño.
    En los días sucesivos compaginamos sesiones de fotos con las poses frente al lienzo. Nunca conocí una sensualidad así de salvaje y única y, también, sabía que al igual que llegó sin esperarlo volvería a marchar, quizás sin retorno. El final llegó triste, sí, pero lo celebramos con otra sesión doble de amor sin freno. Luego, por fin el adiós, una despedida con sonrisa...
    Ahora miro hacia su puerta desde el rellano, esperando encontrarla entreabierta. Tal vez regrese algún día aunque tan sólo sea para recoger su pintura, el retrato que le dediqué. Tal vez algún día añore el tiempo detenido de los pueblos pequeños donde la vida recupera la respiración al compás del bosque y regrese para recobrar la tranquilidad del aroma que merece la pena.



    *"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.
    http://leetamargo.mybesthost.com/merecela.htm

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    SON RÍOS

    Enlace permanente 19 de Septiembre, 2005, 1:00

    sonriosblog.jpg

    Pasan, descienden,
    fluyen los ríos...
    Cascabelean orillas y,
    con la vista atrás,
    suspiran entre riberas
    de risas inalcanzables.

    ¿ Alguien dijo caer ?
    Ascienden... Hasta el mar
    se elevan, creciendo.

    ¿ Quién dijo fin ?
    Acaban de nacer, siguen,
    navegan pantanos, dehesas
    y fuentes, llaneando sueños,
    hermanados al océano
    por la savia del agua,
    su cauce eterno.
    Ríos de tinta !,
    ...nadaría por ti.


    *De "POEMARIO DE RUMBOS", (c) Luis Tamargo.-
    http://leetamargo.mybesthost.com/s35.htm

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    UN PUENTE CRUZA...

    Enlace permanente 17 de Septiembre, 2005, 1:00

    puentespblog1.jpg

    Se tragó todo el miedo de golpe con aquel súbito encontronazo. Llevaba horas caminando desde que salió del aeropuerto y, ahora, la niebla ya ocultaba la carretera por lo que, pegado a la cuneta, no pudo evitar tropezarse de sopetón con aquel mendigo harapiento que, con su brazo extendido, parecía capaz de exigirle limosna al diablo mismo. El hombre reaccionó templado y, disimulando el susto, rebuscó en el petate hasta dar con la manta de viaje que tanto le costó introducir sin estropear la cremallera. Era una buena ocasión para deshacerse de ella...
    -Tome, oiga, no puede andar así por la calle a estas horas...
    El viejo barbudo recogió la manta con expresión desorbitada y el hombre prosiguió carretera adelante. Mantuvo la respiración una decena de metros hasta sentirse por fin aliviado. Se podían vislumbrar las farolas del viejo puente que entra en Searles y, acelerando el paso, descendió por la estrecha carretera que conduce a la población.
    El vuelo que lo trajo a la capital lo hizo con un retraso exagerado, algo ya casi habitual. Hasta allí no había autobús de noche, pero era necesario llegar pues a primera hora de cada mañana salía la línea que iba a Dursot, la casa de sus padres y destino final. Hacía más de cinco meses que no tenía trabajo. Tras más de once años seguidos sin el más leve problema en su empresa, fue despedido al igual que otros tantos que, de repente, se convirtieron en un peso excesivamente caro, según el criterio esgrimido por la nueva directiva. Lo que más lamentó de aquella situación fue acceder de nuevo al primer plano de la desgastada atención de sus padres para quienes, ya mayores, cualquier tipo de preocupación era lo menos conveniente.
    Al principio se dio tiempo, un margen prudencial para asimilar el golpe y quizás, con algo de suerte, volver a incorporarse en otro trabajo, pero necesitaba un cambio de aires, un remanso entre tanta tensión acumulada. Sus padres ignoraban que llegaba, aunque sabían lo de su empresa. Ahora vivían en Dursot, pero años antes residieron en Searles y él aún retenía en la memoria de su infancia los senderos entre bosques, casi con la misma nitidez.
    Cruzó el puente iluminado tan solo por los halos tenues que la niebla dejaba traspasar. Abajo, escuchó el río que nutría la laguna, se podía adivinar su lento cabalgar. Estaba cansado. Los doce kilómetros que separaban el aeropuerto del pueblo le ayudarían a descansar mejor, solo pensaba en la pensión de la señora Cortéz, ahora regentada por sus sobrinos y mañana, por fin, de vuelta a casa.
    La mañana se despertó en medio de una lluvia plomiza, sin amanecer, aunque tibia. El autobús que le llevaba a casa se detuvo a la entrada del puente que cruza Searles. Los vehículos atravesados de la policía impedían el paso al tráfico y, con sus luces parpadeantes, levantaban la curiosidad entre los habitantes de la tranquila villa. Un agente subió al autobús y avanzó por el pasillo en actitud vigilante, observando cada detalle de los pasajeros. Luego, respondió a la inquietud de una nerviosa anciana... Habían encontrado el cuerpo ahorcado de la baranda del puente, colgado sobre el río. Pertenecía a un jefe de la antigua fábrica. La anciana, a su lado, le golpeó con el codo y farfulló:
    -Se llevan la fábrica, acabarán con el pueblo, con la gente...
    Sí, es duro comenzar de nuevo, pensó él, sin entrar a la conversación.
    Una ambulancia hizo sonar la sirena al abrir la comitiva y, detrás, le siguió el automóvil que transportaba el cadáver. Los policías ordenaron la circulación y el puente volvió a cobrar vida mientras los pasajeros regresaban a sus asientos.
    -Ya nos movemos! Por fin se pone en marcha... -La anciana farfulló de nuevo en voz alta.
    -...Sí, la vida sigue.



    *"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.-
    http://leetamargo.mybesthost.com/unpuente.htm

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    EN EL FONDO

    Enlace permanente 14 de Septiembre, 2005, 1:00

    fondolakeiblog.jpg

    De las afrentas y de las mentiras,
    del estupor desolado y de repente.
    De las veleidades y
    las injustificadas injurias.
    De la...¿sinrazón?
    ¿está bien dicho...?
    De la inocencia
    desarmada, intencionada.
    De lo innombrable,
    de lo aborrecible y de
    lo que deberíamos aborrecer.
    De lo que nos desagrada,
    violenta y desasosiega.
    De todo por lo que
    el nombre del olvido
    tuvo que ser inventado.
    ...De todo eso,
    del fondo de lo no nombrado.


    *De "POEMARIO DE RUMBOS", (c) Luis Tamargo.-
    http://leetamargo.mybesthost.com/s34.htm

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    Leer a ANDREW SEAN GREER

    Enlace permanente 12 de Septiembre, 2005, 1:00

    maxtivoliblog.jpg

    LAS CONFESIONES DE MAX TÍVOLI:

    Este es un libro peculiar y extraordinario. Un libro realista que sin embargo parte de una premisa fantástica, el protagonista Max Tivoli es un hombre que nace físicamente como un viejo y mentalmente como un bebé. Su vida por tanto, transcurre al revés de la de los demás: mientras su cuerpo rejuvenece, su mente, como la de todos, va madurando y abandonando la inocencia.
    Al nacer, Max Tivoli tendrá la apariencia de un viejo de 70 años, los años que sabe que vivirá, no hay error posible: es la única persona en el mundo que sabe cuándo morirá. Estamos en San Francisco, en 1870. Estamos en una ciudad que crece, como todo Estados Unidos, que pasará por un terremoto y que resucitará. Max irá “creciendo” sin infancia y con la repugnancia reflejada en el rostro de los demás ante su cuerpo imposible. Sólo su madre y su padre, que desaparecerá misteriosamente; una criada, que acabará convertida en madame de un prostíbulo; y su amigo Hughie conocerán la verdad. Max deberá seguir al pie de la letra una máxima de su madre “sé lo que piensan que eres”, es decir, actúa como te ven físicamente los demás. La vida del protagonista será por tanto un engaño continuo, un aparentar que se es lo que se ve, y no lo que se siente. Siendo adolescente tendrá que aparentar ser un viejo, siendo un viejo tendrá que comportarse como un niño. Todo este sufrimiento interior sólo puede ser soportado por una obsesión, la conquista del amor de Alice, su vecina. Un amor que perderá tres veces: en la adolescencia al no poder conquistarla por su aspecto, en la madurez al no poder retenerla en su matrimonio, y en la decrepitud al convertirse en un niño.
    Max cuenta en primera persona todas sus frustraciones, sus esperanzas, sus anhelos. Su voz rota, egoísta, amorosa, colérica, humilde y triste a la vez, es lo mejor de la novela. Porque Max Tivoli se presenta ante nuestros ojos, no como un monstruo, no como alguien que contradice las leyes de la naturaleza, se presenta sobre todo como una persona que es más humana que la mayoría de sus congéneres. Como una persona que lo único que quiere encontrar es un poco de paz, un poco de amor en su vida. Hay una frase que nos cautiva y que resume el espíritu del libro: “Cada uno de nosotros somos el amor de la vida de otro”. Aunque no lo queramos todos hemos sido la obsesión amorosa de alguien, todos, hasta el ser más deforme, hemos sido amados, a veces sin ser conscientes de ello. “Las confesiones de Max Tivoli” es un libro que está repleto de amores secretos, de amores no correspondidos. Hasta el último momento hay un secreto, hasta el último momento encontramos una pasión escondida. Hasta el último momento el autor nos sorprende.

    Andrew Sean Greer ha publicado este mismo año ésta su segunda novela en Estados Unidos. Una novela que ha sido traducida ya a varios idiomas y que ha consagrado a Greer como un escritor especialmente dotado para la emoción. Y es que la historia de este ser atormentado, de este amor imposible, se vuelve en sus manos más y más melancólica, más cercana al infierno, hasta llegar a unas últimas páginas de una feroz sensibilidad que nos hace emocionarnos hasta las lágrimas. Una gran novela.


    *(Extraído de "EITB Pompas de papel", por Enrique Martín).-
    http://entrerenglones.blogspot.com

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    UN ÁRBOL LLAMADO...

    Enlace permanente 9 de Septiembre, 2005, 1:00

    unarbolblog.jpg

    Entre los humedales se fue abriendo paso ahora más ligero, aunque bastante fatigado. Atrás quedó el peligro de la zona pantanosa y de los tramos que hubo de atravesar con el agua llegándole hasta el pecho. Sujetando el machete por encima de la cabeza, con los dientes apretados, avanzó con lentitud cada centímetro, tragándose el sudor que goteaba de su barba rala, hasta que por fin el lodo se tornó firme y pudo correr hacia el bosque. Un suspiro de esperanza pareció resucitar de sus sofocados jadeos cuando penetró en la espesura. Sin detenerse, continuó la desenfrenada carrera, apartando a golpe de machete la maraña de lianas que obstaculizaba su camino. Un camino improvisado sobre la marcha, inventado por el afilado cincel del único arma del que ahora podía fiarse. También atrás quedó el galopar tumultuoso y los ladridos salvajes de las fieras desbocadas, alentadas por los gritos no menos fieros de sus perseguidores.
    Corrió y corrió hasta caerse, hasta que todo ápice de energía se esfumó, desgastado. Su rostro quedó hundido en el barro del suelo, entre las hojas, al pie del gran tronco, bajo el frondoso techo del bosque.
    Aquella zona de la costa oriental era conocida por la bravura de los piratas que la custodiaban y, por tanto, tan temida como evitada. Sin embargo, la galerna que le desarboló el palo mayor fue una más de las que frecuentemente se desataban en el área en aquella época del año, dejándole así a merced de las aristas rocosas de los arrecifes, sembrados indiscriminadamente por la mano del diablo. Advertido del riesgo, el inoportuno temporal vino a complicar el viaje inesperadamente.
    Sin fuerzas para oponerse a los piratas que lo capturaron hubo de padecer un tortuoso cautiverio, interminable de no ser por el descuido igualmente inesperado de sus captores que, oportunamente, supo aprovechar. La persecución fue despiadada y, durante la carrera, habló consigo mismo repasando cada pregunta y respuesta, cada uno de los motivos que lo habían empujado tan lejos en el viaje de su vida. Recordaba la voz de su amigo Pablo animándole con tono amable, apaciguando sus miedos. Pensándolo bien no conocía a nadie con aquel nombre, pero sí reconocía la voz familiar del amigo. Le hablaba del hogar y de las gentes que amaba en la otra tierra firme, de donde partió. Sí, se decidiría a volver, iba siendo hora de regresar. Ahora mismo no existía nada que más deseara y, llorando, se abrazó a su amigo, desconsolado. Así, abrazado, se despertó, con sus brazos alrededor del enorme tronco redondo, queriendo abarcar el ancho contorno del árbol que cobijó su sueño… Pablo, Pablo!, gimió aún levemente, mientras despertaba, incrédulo.
    De vuelta a casa fue lo primero que hizo, según vino proponiéndoselo durante todo el trayecto. Llegó al pueblo dispuesto a dedicarse en exclusividad a cumplir aquella promesa. La antigua casa de piedra seguía en pie, aunque en ruinas y, así, recorrió cada rincón de infancia y los recuerdos que aún pervivían en los lugares que amó. Dejó que sus pasos le guiasen o, tal vez, fue el propio sendero que llevaba a la fuente el que lo guió… Por un instante dudó y se preguntó por dónde… Por aquí, por aquí!, reconoció la voz, al final de la linde con el bosque. Se sentó allí, bajo el árbol grande, apoyado en el respaldo confortable de su grueso tronco y, extrayendo el libro del petate, leyó durante horas, ininterrumpidamente, hasta dormirse. Al despertar, se despidió… Hasta mañana, Pablo!
    …Hasta siempre, amigo!, respondió el árbol, mientras se iba alejando.



    *"Es Una Colección de Cuadernos Con Corazón", (c) Luis Tamargo.
    http://leetamargo.mybesthost.com/unarbol.htm

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    POR EL CAMINO DE LA FUENTE

    Enlace permanente 5 de Septiembre, 2005, 1:00

    porelcfblog6.jpg

    Noche de atardecer rojo.
    Es de terciopelo negro
    la piel del silencio.
    Como a borbotones
    se agolpan en mi pecho,
    antes contenidas, ya
    desatadas, emociones libres,
    con júbilo de sentir.
    Plenitud de ser…
    La castañera centenaria
    eleva sus brazos,
    como tentáculos al cielo.
    Y las estrellas, cómplices,
    se posan arriba,
    en sus ramas desnudas,
    para dedicarle un sueño.
    Hasta el verde de la llanía
    se hizo noche.
    Las mariposas duermen
    por el camino de la fuente.


    *De "POEMÁGENES", (c) Luis Tamargo.-
    http://leetamargo.mybesthost.com/inter.htm

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    LA FUENTE ROSA

    Enlace permanente 3 de Septiembre, 2005, 1:00

    porelcfblog3.jpg

    Brota la fuente rosa,
    donde el avellano se asoma
    para avistar el cielo.
    Aprieto el paso, cuesta arriba,
    hacia el cruce, donde
    el camino muere.
    Un viento liviano zarandea
    las copas frondosas, y
    el bosque revive.
    El avellano triste
    se ríe, inescrutable,
    desde su otero, solitario.
    Rosa es la tarde, y
    rosa es el agua que brota
    de la fuente del avellano.


    *De "POEMÁGENES", (c) Luis Tamargo.-
    http://leetamargo.mybesthost.com/a1.htm

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